Opinión


28/08/17

Enrique Álvarez

  1. Carta a los musulmanes cántabros y a otros hombres de bien

    Dirijo estas líneas a todas las personas que profesen la fe del Islam o que simpatizan con esta religión en Cantabria, y también a todas aquellas que, habiendo leído u oído hablar de mi artículo del pasado martes en el Diario Montañés, puedan sentirse agraviadas por algunos de sus contenidos y de sus frases.

    Y lo primero que debo darles es un consejo amistoso: por favor, nunca juzguen de un artículo, sobre todo si es breve como era el mío, por extractos del mismo. Léanlo entero. Porque quienes lo extractan, con buena o mala fe, a menudo lo tergiversan. Sacan frases de su contexto y les dotan de un carácter hiriente, que sonarían muy de otra manera leídas después de lo que viene antes, y antes de lo que viene después.

    Lo segundo es que ese autor no alberga sentimiento negativo alguno hacia la comunidad islámica. El que esto suscribe aprecia tanto los logros históricos del Islam, y los tesoros plurales de su cultura, como muchos de los rasgos de su actual organización social. Y eso está dicho muy explícitamente en el artículo de marras.

    El autor es partidario de la llegada ordenada de musulmanes a la península y partidario también de que practiquen libremente su religión. Incluso me he mostrado partidario de que no se restrinja el uso de sus indumentos peculiares (excepto aquellos que sean humillantes para la dignidad de la mujer).

    Y naturalmente soy partidario de la libertad religiosa, como del resto de las libertades democráticas (incluida, por cierto, la libertad de pensamiento y de expresión), lo cual también podrán hallar en mi artículo quienes dispongan de un par de minutos para leerlo entero.

    El autor desea, pues, que todos podamos practicar nuestra religión. Desea, por ejemplo, que los musulmanes puedan adorar y predicar a Alá, y que no menos los cristianos podamos celebrar nuestra liturgia y predicar el Evangelio. Y predicar el Evangelio implica ofrecer a la gente el mensaje de que Dios es Amor y de que la mayor expresión de ese Amor es la Encarnación de su Hijo Jesucristo, que murió en la Cruz. Decir que una religión que niega esto es “mala y perversa” (vale, debí haber elegido otro tipo de adjetivos) es expresar una opinión religiosa, es por tanto una cuestión de concepto, no de sentimientos, aunque se trate de conceptos esenciales y muy preñados de consecuencias. Los musulmanes pueden decir, y dicen, que Jesucristo fue sólo un profeta y que atribuirle carácter divino es blasfemo, y al hacerlo expresan el concepto que tienen de Dios, y al expresarlo nadie les persigue mediática ni penalmente en España.

    En otro orden de cosas, el escritor que soy tiene sentimientos hacia su patria y hacia los valores definitorios de su bimilenaria historia. Uno de ellos, muy primordial, es el cristianismo, expresado en todos los aspectos de la cultura y de su entramado institucional. Al escritor le duele la descristianización de España, y ve sus efectos muy negativos en el presente y en el futuro próximo. Y llama una y otra vez a los representantes políticos a que se hagan cargo de ello, no para restaurar el nacional-catolicismo, sino para defender un legado inmenso de bienes inmateriales, y para evitar que, por poner un solo ejemplo concreto, se nos imponga dentro de poco una agenda legislativa hiperlaicista que nos prohíba definitivamente los nombres y signos de lo cristiano en todo el ámbito público, so pretexto de que ofenden a los practicantes de otras religiones.

    El autor desea, por último, que el Islam moderado sea tan moderado como la Iglesia Católica del Papa Francisco y haga signos francos de aprecio a nuestra religión y de apoyo real a los cristianos perseguidos hasta el exterminio en tantos países islámicos. Eso sí que sería un abrazo de religiones y una paz justa.

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