Opinión


06/02/17

Enrique Álvarez

  1. Elegido por el pueblo

    Siento tener que repetirme, pero el asunto es de vehemente actualidad: ese señor tan fiero de pelo azufroso que amenaza con hacer de este planeta nuestro un polvorín de nacionalismos con bomba atómica, es el fruto de un régimen político que se llama democracia, un régimen político que es de hecho y de derecho una república democrática. Hace unos ochenta y cinco años –muchos todavía no lo saben—unas elecciones libres y una república igualmente democrática dejaron a Alemania en manos de un canciller llamado Adolf Hitler, y pasó lo que sabemos.

    De modo que, para reflexionar sobre el fenómeno de ese presidente follón y malandrín que nos tiene a todos en vilo, hay que empezar por ahí: lo ha elegido el pueblo, es el resultado natural de un sistema que otorga el poder al candidato ―no importa que sea el bocazas más grande del universo― que saca más votos entre una docena de contendientes, todos ellos más bien mediocres y escasamente creíbles. Y la cosa no sería tan grave si el poder que se ha otorgado a dicho señor no fuera el de jefe supremo de la nación que más daño puede hacer a la humanidad en su millón y pico de años de historia. El pueblo, sí. Esa inmensa masa amorfa e imprevisible que ya no cabe considerar sino como un monstruo peligroso por su torpeza y su capacidad enorme para dejarse engañar y manipular por los amos del mundo.

    Confieso que soy de los que aborrecían a Obama y, más aún, a la señora que iba a sucederle. Su política al servicio de la ideología mundialista, ese pseudo-humanismo que aboga por una igualdad y una libertad basadas tan sólo en el rechazo de la concepción transcendente del ser humano, no me convencía en absoluto; como no me convencía ese pacifismo basado en la confusión entre el bien y mal, la verdad y el error. Pero evidentemente la solución no era traer a un presidente antihumanista, antiigualitario y belicista. Es el extraño efecto que lleva a combatir los errores de un ideario político incurriendo en los errores del ideario opuestos, que en el caso actual resultan mucho más peligrosos.

    Para quienes hayan leído literatura moderna acerca de la figura apocalíptica del Anticristo (piénsese, por ejemplo, en la famosa novela “El Señor del Mundo” (1907) del escritor inglés R.H. Benson, muy recomendada por el Papa Bergoglio), es evidente que Obama tenía un perfil cercano a esa figura, por su apariencia filantrópica y sus efectos nefastos para el cristianismo en el mundo. Pero el que ha venido detrás de él, ¿con qué figura se corresponde? Sinceramente, nadie lo sabe aún. Ahora mismo, nadie puede decir si el final del bello Obama y la llegada a la Casa Blanca de este personaje de tan fea y bestial apariencia supondrá sólo un paréntesis en el avance inexorable de la humanidad hacia la extinción gradual del alma (y hacia el mundo feliz huxleiano) o más bien la entrada en un tiempo en que la maduración escatológica de la Historia se va a hacer a golpe de catástrofes materiales y ya no sólo de vaciamientos espirituales.

    Lo que sí parece claro es que Don Donald Trump no va a traernos nada bueno porque, aun en el caso de que tuviera las mejores intenciones en cuanto a mejorar el horizonte económico de su pueblo y recobrar los principios fundacionales de EE.UU., su mensaje está tan saturado de arrogancia y de apelación a la voluntad de poder, que no puede sino evocarnos la deriva desquiciada de los nacionalismos europeos de principios del siglo XX que provocaron las dos guerras más destructivas de la historia. Y a quien crea que su supuesta defensa de la vida de los no nacidos y de los valores familiares significa una apuesta sincera por la recristianización de Norteamérica, habrá que hacerle ver que nunca jamás el mensaje de Cristo pudo dar fruto alguno cuando se ha predicado desde la soberbia política y nacional, y que también los adoradores del Dios Mammon (el ídolo de la riqueza) han solido tener mucho apego a los valores de la familia.

    La globalización de la economía, que es en definitiva el enemigo a batir por este superdemagogo que llegó a presidente, ha traído sin duda a la humanidad muchos más daños que beneficios, pero es una realidad que no puede revertirse, como no puede revertirse el sistema capitalista, a menos que los principales países del mundo se pusieran de acuerdo y firmaran un pacto para la renacionalización pacífica de las economías. Y quienes creemos que la historia avanza siempre y no puede retroceder jamás, quienes creemos que no son posibles las restauraciones de lo antiguo, como se demostró hasta la saciedad en la primera mitad del siglo XIX, sabemos que las únicas políticas posibles y deseables son las de quienes aceptan este sistema y luchan por aumentar sus ventajas y reducir sus inconvenientes.

Twitter