Opinión


04/09/17

Javier Domenech

  1. Los demonios están en casa

    Se suele argumentar que la lucha contra el terrorismo lleva asociada a una reducción de libertades y nos olvidamos de que constantemente miles de cámaras vigilan nuestra vida diaria, no se nos permite circular sin cinturón de seguridad y son habituales los controles de alcoholemia en cualquier cruce de carreteras sin que lo consideremos como limitación de nuestro derecho a la intimidad.. Unos pocos funcionarios son capaces de repasar al detalle las declaraciones de impuestos para evitar el fraude fiscal y muchos se dedican a vigilar los permisos e instalaciones de muchas empresas, aunque todo lo tengan en regla. ¿porque no se emplea el mismo rigor contra potenciales criminales terroristas?. ¿Se infringe la presunción de inocencia de quienes acuden a mezquitas donde se preconiza el odio o frente a los que no denuncian los comportamientos criminales de quienes comparten su religión?. ¿Tan complicado es identificar a quienes viajan a Yemen, Libia o Siria no como turistas ni cooperantes precisamente, y considerarlos ciudadanos libres de toda sospecha?. ¿Se atenta contra los derechos de los 5.000 yihadistas europeos que han regresado , sin ninguna restricción, a sus países tras la semiderrota del Estado Islámico?

    La sociedad occidental ha acogido a millones de musulmanes, admite sus costumbres y les ha otorgado derechos negados en sus países de origen. La inmensa mayoría conviven pacíficamente contribuyendo al bienestar común pero ahora, una parte de ellos o sus hijos, se han empeñado en destruir la civilización donde viven. Entre los 55 millones de musulmanes de Europa un 15 % admite admirar el Estado Islámico y casi teniendo empleos o vivíendo en aparente integración con sus vecinos, mientras eran adoctrinados en mezquitas o a través de las redes informáticas. La habitual excusa sobre su desarraigo social es una ofensa hacía muchos que sufren su pobreza sin propósitos asesinos. No es precisamente entre los pobres donde surge el radicalismo criminal pero en barrios enteros de muchas ciudades europeas la vigilancia policial se considere una provocación y cuando ocurre un atentado, se descubre que sus autores mantenían comportamientos sospechosos o estaban identificados, sin que se hubieran tomado medidas preventivas con cuerpos policiales de eficacia insuficiente, jueces amparados en legislaciones obsoletas que se excusan en la presunción de inocencia y políticos temerosos de adoptar decisiones firmes que defiendan la seguridad nacional. Con casi cinco mil muertos, aún estamos esperando que la población musulmana se manifieste de forma inequívoca y masiva, condenando claramente los crímenes o a que colabore abiertamente en la prevención de los atentados.

    Muchos insisten con la monserga de la responsabilidad de Occidente y ahora va a resultar que las víctimas son las culpables y los asesinos son los hombres justos. ¿Somos responsables del enfrentamiento religioso entre chiítas y sunitas o de la pobreza y el hambre en Sudán, Mali y la República Centroafricana?. ¿Qué tiene que ver Europa con los males de Yemen, Libia o Somalia?. El régimen talibán afgano y el ataque a las Torres Gemelas ocurrieron mucho antes que las primaveras árabes, la masacre a la Casa de España en Rabat en 2003 o la sangrienta guerra civil argelina de los años 80. ¿Cuándo y dónde atacaron Australia, Argentina, Japón o Suecia, por poner unos ejemplos, al mundo musulmán?. Y suele utilizarse la simpleza de atribuir a Israel el origen de todos los males, cuando ni siquiera los islamistas dirigen sus ataques contra ella y por otra parte, Palestina ni tiene relación alguna con el Califato islamista ni con los asesinatos de cristianos en Pakistán o de coptos en Egipto.

    Hace medio siglo se iniciaron las agresiones a Israel y comenzamos a justificar el terrorismo como arma política. Siguíó la destrucción del Líbano, un país que era un ejemplo de convivencia. Luego nos acostumbramos a los secuestros y las bombas en aviones y siguieron la toma de periodistas o cooperantes para decapitarlos en público. Finalmente, llegaron los ataques suicidas provocando en los últimos 4.900 muertos en Occidente, mientras vivimos el horror de la guerra siria y de los millones de huídos.

    Buscar el diálogo, frente a quienes utilizan la bomba, la metralleta o vehículos aplastando a paseantes, no es solo inútil, sino sencillamente actuar como imbéciles borregos esperando el sacrificio. Hoy vivimos un conflicto sin frentes, ni identificación clara del atacante, aunque conocemos su perfil. En una guerra normal, ante una agresión enemiga, aceptaríamos el reclutamiento de los jóvenes, el toque de queda o la censura, sin que por ello nos lamentásemos de la limitación de nuestras libertades porque formarían parte de la defensa común. Pero en la lucha contra el terrorismo al anteponer la libertad frente a la seguridad, ya podemos resignarnos a llevar flores, encender velas en honor a los muertos o convertirnos en cuerpos despanzurrados por haber defendido los derechos de los asesinos. Discutir sobre libertades y derechos es ya una obscenidad cuando las victimas suman más de 4.900 personas. La ultima tragedia ha recorrido un trayecto asesino en las Ramblas de Barcelona. Tenemos los demonios en casa, pero ¿cuantos más nos esperan por nuestra inacción?

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