Opinión


25/04/14

Tomás Amparán

  1. Héroes sin placas

    Estos días se está hablando mucho del cambio de nombre en el aeropuerto de Parayas, el cual va a pasar a denominarse “Seve Ballesteros Santander-Parayas”, y todo ello gracias a personas con nombre y apellidos que han puesto empeño y ganas para que dicho cambio se produjera. Querer es poder, eso no lo duda nadie, cuando los políticos de esta región no se ponen de acuerdo ni para tomar un café en el bar del Parlamento, hay personas que han logrado la machada de sentarse con los representantes de los partidos políticos y conseguir aunar las fuerzas para poner de acuerdo a todos. Ellos saben quienes son y yo también, y desde aquí mi cariñoso agradecimiento.

    Pero no quiero hablar de este caso, hay muchos en esta bendita región. Un lugar donde no valoramos a las personas, y si lo hacemos no es por lo que son, sino por lo que tienen. Me viene a la cabeza un caso igual de sangrante y que parece que hayamos olvidado, o más bien, hayan querido que olvidemos. Les voy a contar una historia, de esas que de vez en cuando me gusta compartir con todos ustedes.

    Nuestro personaje nace en los felices años 20 en una ciudad de mar de esas que huelen a salitre y nordeste, seguramente en un típico barrio humilde muy parecido a esos que nos podemos encontrar en los libros de historia. Posiblemente el paso del tiempo haya borrado las huellas de ese lugar, guerras, incendios, locuras urbanísticas dejan a ciertas ciudades huérfanas de su propia historia.

    José, que así se llamaba nuestro amigo, desde muy pequeño aprende el oficio familiar. Ahora las cosas han cambiado, pero en aquellos tiempos existían los oficios, y donde estudiar era un privilegio, muchos jóvenes debían continuar la tradición de la familia y aprender aquello en lo que trabajaba su padre para poder sacar a la familia adelante. El padre de José era panadero, y ese fue su oficio cuando no estaba en el agua, que era su gran pasión. Seguramente fuera uno de esos raqueros que merodeaba por los muelles de la ciudad en busca de una perra chica que coger del fondo de la bahía. La cuestión es que el mar era su vida, tanto fue así que en una ciudad playera como en la que vivía, donde los bañistas campaban por sus anchas, vigilar a la gente que se bañaba se convirtió en algo más que una afición. No se sabe muy bien como, pero a sus 25 años salvó de morir ahogadas a tres personas utilizando un neumático. Aquella fue la primera hazaña de las muchas que vendrían después. Más de 140 personas le deben la vida y el socorrismo se convirtió en una vocación. José estuvo viviendo más tiempo en las playas que en su propia casa, disfrutando de la arena y sobre todo del mar. Ese que le dio la vida. Era conocido por todo el mundo en aquella ciudad, respetado y admirado. Las vidas que salvó le dieron un respeto y un cariño que poca gente obtiene en su vida. Pero un día nos dejó, ley de vida dicen muchos, a sus 90 años vivió con toda intensidad. Se fue el hombre, pero nació el mito. Nació el mito y aquellas gentes dejaron de hablar de él., dejaron de acordarse de sus gestas. Y aquel respetado y admirado hijo de panadero, sucumbió al olvido. Y lo olvidaron.

    A estas alturas todos sabrán de quien hablo, nuestro mítico e inolvidable Cioli, del que se cumplen estos días 3 años de su fallecimiento. Un personaje imprescindible en la cultura popular de esta ciudad, que debería estar en una sala dedicada a los personajes importantes en ese museo de la ciudad que aun no tenemos. No soporto ese dicho de que “nadie es profeta en su tierra”, me desgarra el alma pensar como podemos ningunear a esas personas que han hecho algo relevante. Es verdad que una ciudad de apariencias, miradas por encima del hombro y envidias, como es esta, el pretender valorar lo que haya hecho alguien es difícil, pero me resulta imposible pensar que nadie piense todo eso de José Sanz Tejera “Cioli”. Nos quejamos porque cambiar el nombre del aeropuerto cuesta dinero, y quizás tengan razón aquellos que dicen que es un gasto innecesario. Pero no cuesta ni un céntimo poner su nombre a un trozo de playa entre la Magdalena y Bikinis. No hacen falta estatuas de bronce, ni placas en ningún muro, simplemente la voluntad popular del querer es poder. No echemos la culpa a nuestros dirigentes, que la tienen, de algo tan nuestro. Seamos más sensibles que ellos, y no dejemos olvidados a los nuestros, a nuestra historia. Esa historia que forja nuestro carácter, esa historia empapada en salitre y nordeste.