Opinión


21/08/15

Tomás Amparán

  1. Santander y sus tradiciones

    Quien escribe esto es un santanderino de pura cepa, enamorado hasta las trancas de esta ciudad. Aquí nací y aunque he tenido la suerte de vivir en otros lugares, al final tuve claro que mi sitio era este, y dudo mucho que no acaben aquí mis cenizas, aunque de eso yo ya no seré responsable. Digo todo esto porque teniendo claros mis orígenes puedo permitirme hablar con más libertad del asunto que atañe a estas líneas. A veces los propios santanderinos no nos damos cuenta que vivimos en una ciudad empeñada en perder el alma. Cuando hablo del alma me refiero a ese sentimiento profundo y arraigado de saber de donde venimos, como somos y cuales son nuestras tradiciones. Las cosas más profundas que dan vida a un lugar. No quiero compararme con nadie, porque al final cada uno es como es, pero es inevitable poner algún ejemplo. Dicen que Santander no tiene alma porque está levantada sobre las cicatrices de sus tragedias, y es que ha habido ciertos acontecimientos que han marcado la historia de esta ciudad, dejando sus raíces arrancadas casi en el olvido de alguna foto antigua. Es una pequeña tragedia que en poco tiempo los testigos directos de aquellas desgracias vayan desapareciendo y con ellos el recuerdo de una Santander distinta. Porque aquella ciudad era distinta a la que hoy tenemos. Aquella ciudad de Sotileza nada tiene que ver con la que subsiste hoy en día. Pereda describió las calles y las gentes de una época dorada que se ha perdido con el paso del tiempo y las pocas ganas de mantener viva. Si José María de Pereda viviera hoy y quisiera volver a escribir una novela similar, le resultaría imposible. Todo aquello se perdió a causa del abandono, las desgracias, la poca visión y dejadez de sus dirigentes que plantearon una ciudad distinta a la que había, vendiendo su alma a un mal entendido modernismo absurdo que provocó lo que hoy tenemos. No creo que haga falta recordar que Santander no ha sido la única ciudad europea que ha sufrido tragedias y desgracias en sus calles. La destrucción total de muchos lugares provocados por las grandes guerras fue algo generalizado, pero muchas de ellas han sabido mantener sus raíces y volver a levantarse de la nada manteniendo su esencia. Esa es la palabra, esencia.

    El otro día el Gobierno regional declaró los días festivos del año, algo que legalmente les compete a ellos dejando a los respectivos Ayuntamientos la elección de dos fechas para fiestas locales. Evidentemente al ser de signo político distinto el que gobierna la Comunidad y el Ayuntamiento hubo lio. Y el lio viene porque el gobierno regional ha optado por elegir el Día de las Instituciones en vez de la fiesta de Santiago cuando el ayuntamiento había solicitado que fuera este fiesta de carácter regional. Esto tiene una sencilla explicación, en Santander tenemos tres días festivos, dicho esto entre comillas, La Virgen del mar, Santiago y los Santos Mártires. No sé si habrá muchos santanderinos que sepan de donde viene el origen de la fiesta de Santiago, pero estoy seguro que muchos de los que lean este artículo no tendrán ni idea. Para solucionar esto voy a intentar hacer de cronista de una época un tanto desconocida. Corría el año 1865 cuando un grupo de jóvenes de la ciudad decidieron reunirse para hablar con el Ayuntamiento y pasar la fiesta que se celebraba en honor a los Santos Mártires a los días centrales del verano. Y es que por aquellas épocas en el Alto de Miranda se celebraba una romería en la ermita que allí había dedicada a los santos patronos de la ciudad. Lo curioso del tema es que en ningún momento de la historia conocida de la ciudad se veneró al Santo patrón de las Españas, ni siquiera se tiene constancia de ningún lugar de culto al santo. Curiosidades de la vida, al menos de aquella vida, se cuenta que había un paisano que tenía un garito junto a la ermita que vio el filón y como visionario que fue, impulsó el cambio de fechas de la tradicional fiesta a la que hoy conocemos. ¿Adivinan cómo se llamaba aquel paisano? Efectivamente, se llamaba Santiago, así que no tuvo muchos problemas para hacer coincidir la festividad con su santo. Había otra circunstancia importante para elegir esa fecha, y es que era tradicional que en ese día se celebrase una corrida de toros, así que resultó perfecto hacer coincidir la fiesta grande de la ciudad con los toros. Sí amigos, la actual fiesta de Santiago está íntimamente unida a los toros, no se entiende una sin la otra. Ya sé que esto escocerá a más de uno, pero es así, y no lo digo yo, sólo tienen que ir a los escritos de Doña Carmen González Echegaray o Don José Simón Cabarga, insigne escritor costumbrista que en su libro “Santander, biografía de una ciudad”, recogen todo esto que estoy contando.

    Siguiendo con la historia, 3 años más tarde, en 1868, el Ayuntamiento adopta la propuesta de crear la feria de Santiago. Y en el texto de dicha proposición se habla de los beneficios que a Santander le producía la concurrencia de forasteros durante los últimos días del mes de julio y la oportunidad de aprovechar esas fechas para ofrecer atracciones y mantener la estancia de tales visitantes. A que les suena el argumento, no me digan que no tiene gracia que 150 antes se usaran los mismos tópicos que ahora. Argumentario que hoy se utiliza del mismo modo para justificar una fiesta que tiene sus orígenes en un acontecimiento puramente económico y para nada tradicional. Dicho de otro modo, Santiago se constituye en fiesta porque coincidía en mitad del verano y la afluencia de visitantes hacía muy rentable para las arcas municipales esa fiesta. Exactamente lo mismo que ocurre ahora.

    Volviendo a la actualidad que nos ocupa, y después de todo esto, sólo cabe decir que la fiesta de Santiago es algo de carácter puramente santanderino, con la que sólo nosotros nos sentimos identificados, intrínsecamente unida a la ciudad no por ser algo tradicional, sino por ser puramente festiva y que nada tiene que ver con el resto de Cantabria. No podemos exigir a un gobierno que tiene que mirar por el interés de una región entera que nos conceda a nosotros un día festivo para celebrar algo que sólo compete a la ciudad de Santander. La arrogancia y la prepotencia que se demuestra haciendo esta exigencia solo denota que Santander es una isla fuera de Cantabria, un lugar que prefiere caminar a su aire en vez de vivir unida a la tierra a la que pertenece. Santander no es Cantabria, pero eso es una reflexión personal que exige un artículo más profundo.

    Esta ciudad es maravillosa, increíblemente bonita, extremadamente hermosa, pero como dijo el músico Chema Puente, Santander tiene dinamita en su entraña. Esa dinamita que un día explotó y empezó a llevarse la esencia de esta ciudad. La misma dinamita que en su momento sirvió de excusa para dejar atrás sus raíces y volcarse en crear una ciudad nueva, con muy poca alma, empeñada en ser mejor que todo lo que la rodea. Santander es la capital de Cantabria porque así lo dice el Estatuto, pero Santander muy poco tiene que ver con ella, ha preferido respirar el nordeste del mar al sur de sus montañas, quizás porque ese viento sur fue el que provocó que el corazón de aquella ciudad quedara reducido a escombros.