[26-07-2010]
Rafael Cabrera. Santander, lunes 26 de julio de 2010. Lleno. 6 toros de El Ventorrillo, bien presentados pero mansos, rajados y boyares. Apenas el tercero embistió noble, para venirse un poco a menos.Julián López, el Juli, silencio en ambos. José María Manzanares, palmas y silencio. Daniel Luque, ovación y silencio.
Es difícil apurar, para quienes no lo han presenciado en directo, todos los matices del descaste y mansedumbre contemplados esta tarde en el coso de Cuatro Caminos santanderino. La colección de bueyes ha tenido difícil parangón. Con la excepción del tercero de la tarde, ¡caramba con los terceros santanderinos de esta Feria de Santiago!, el conjunto de bueyes no hubiera desmerecido en la leyenda clásica de Gerión. Sí…, ese que apacentaba sus bueyes, probablemente en tierras tartésicas del sur peninsular, y al que Hércules…, ya saben, dejémoslo ahí. Bueyes de buena presencia, íntegros en sus atributos masculinos, por más que a todos les faltase aquello mismo para sacar a relucir casta o acometividad. Bueyes a la huída, siempre rajados, que corretearon infamemente –e infamantemente para su criador- desde que salieron de toriles y hasta morir –los que pudieron- al amparo de chiqueros. Bueyes a los que ni la maestría del Juli, ni la profundidad de Manzanares –ambos en un fantástico estado de forma-, ni la voluntad de Luque en el último, lograron sacar apenas nada. Lástima que el tercero vespertino, la consabida excepción de la regla general, no cayera en manos de cualquiera de los dos que abrían cartel, porque muy poco nos dijo lo realizado por el de Gerena.
¡Y que vengan bueyes! Abrió plaza un Cardador, de 539 kilos, negro mulato, delantero de cuerna –como casi toda la corrida-, corto y enmorrillado -como el segundo-, manso en varas y siempre un cabestro. Tomó algunos lances de capote del Juli, sin continuidad, mejor por el pitón izquierdo –por el derecho se ceñía o vencía-, manseó en varas, se dolió en banderillas y llegó a la muleta brusco y tardeando para pararse y tardear al final de la primera serie tras el tanteo. Julián intentó encelarlo en el trapo, tratándolo con mimo, sin forzarlo, en paralelo, pero imposible; cambiada la muleta a la zurda en la siguiente el bicho empezó a salir suelto, levantando la cara para huir de su perra suerte, para finalizar a su aire, volviendo a pararse, mirándole más que al trapo y rajándose a tablas. Un pinchazo caído, saliéndose y una entera, trasera, dieron con el primer buey en tierra. El cuarto, Cantinero, un jabonero sucio de trapío, más discreto de cuerna, con 580 en la báscula, añadió a su condición boyar la bronquedad. Nada pudimos ver con el percal, y llegado a la franela apenas brusquedades, cornadas, tornillazos al rematar cada lance, para pasar a recortar al máximo su embestida, revolverse y salir distraído y con la cara alta buscando la puerta de salida. Julián lo intentó de cualquier manera, puso en jaque todos los recursos técnicos posibles, le alargó la embestida lo que pudo, lo intentó en paralelo y levantando la muleta, por bajo, le metió la muleta por debajo de la pala del pitón para retenerlo y evitar su huida, con suavidad o más mando; nada fue eficaz y el animal acabó, como ya suponíamos rajándose a su aire, camino de tablas y de chiqueros. Un pinchazo, por estar mal colocado el bicho y querérselo quitar de en medio rápidamente, y una entera –de nuevo trasera- en terrenos de toriles, lo mandó para hacer con él chuletones.
Igual suerte tuvo Manzanares. Su primero se llamó Cafetero, de 512 kilos, castaño, manso, flojo, rajado y boyar. Nada pudo mostrar con la capa y poco más o menos con la muleta el alicantino. El toro se paró y comenzó a protestar en la serie de tanteo, escarbando y sin querer tomar el engaño. Colocado, el diestro porfió y llegó a sacarle hasta cuatro muletazos seguidos, a media altura, no de calidad pero sí de mérito superlativo porque nadie daba nada por ello. El buey amagaba las embestidas, escarbaba buscando el suburbano mundo, e iba a su entero aire, terminando por colarse feamente e irse a tablas, abandonando la lucha. Lo mató Manzanares de una soberbia estocada por arriba, bien ejecutada y rematada, de la que dobló el del café. Otro tanto sucedería con Adinerado, un nuevo cabestro de 587 kilos, negro, manso y complicado. Y el caso es que pareció que el bicho metía la cara en el capote –saliendo algo suelto y con no mucho viaje, pero… bueno, más que sus camaradas-; ¡pura ilusión! En cuanto llegó a la hora de la verdad mostró a las claras su condición: brusquedades, escasez de recorrido, cabeceo y a rajarse en cuanto vio la oportunidad. Lo intentó de veras el diestro, colocado, porfiando, pasándolo de uno en uno, pero aquello era más difícil que sacar diamantes de un trozo de plástico. Terminó por doblarse antes de enjaretarle un pinchazo recibiendo –porque el toro no paraba de gazapera y le aprovechó el viaje y la querencia- y una entera caída, sobre tablas, de la que le haría besar el santo suelo.
El único toro del encierro se llamó Pinturero, con 551 a los lomos, negro listón de capa, manso pero embistiendo aunque yendo algo a menos en recorrido y movilidad. Nada que reseñar apuntamos en el primer tercio, y llegado al tercero, vimos un tanteo por alto, y luego dos series en paralelo, colocado Luque al hilo, sin terminar de profundizar, tirando líneas mientras iba franco el toro, pasándolo pero sin mandar demasiado y diciendo poca cosa. Aseado, pero con un toro que reclamaba más. Cuando cogió la izquierda se ensució el trasteo, algo retorcido, algo peor y más descompuesta la res. Así que volvió la izquierda y aunque se lo metió más en redondo –a base de retrasar la pierna de entrada y ceder terreno-, siguió diciéndonos muy poco, a medida que el toro acortaba sus embestidas. Luego la cosa no mejoraría, volverían los enganchones por el viento, la descolocación y terminó cerrando a su oponente a base de trincheras y desprecios relativamente salerosos. Una entera, por arriba, pero un tanto trasera, no tuvo el efecto deseado, y al final, después de mucho esperar, tuvo que darle hasta tres descabellos. Nada pudo hacer con el último, Fugadito, un toro que hizo honor a su nombre, de 547 kilos, colorado ojo de perdiz y bragado, manso, boyar e incierto. Porque a su innoble condición sumó la de mirar con malas pulgas al torero, amagar, reservón e incierto, brusco en ocasiones y nunca claro. Acabó rajado, claro, a la tercera tanda. Punto y final puso Luque de un pinchazo caído y un sablazo caído y atravesado del que falleció el buey. ¡Aprovechen mañana!, porque el chuletón habrá bajado de precio una barbaridad en Cantabria.