Avance de programación para el viernes 25 y el sábado 26 de septiembre en el Palacio de Festivales

18/09/26

Teatro | ESTRENO

Viernes 25 y sábado 26 de septiembre 

19.30h. - Sala Pereda - 100 min. sin descanso

Largo viaje hacia la noche

Eugene O´Neill 

Una producción de Ágora

Entradas en venta anticipada agotadas.

 

Es importante recordar que tanto el viernes 25 como el sábado 26 de septiembre, a las 11 horas en taquilla y a través de la página web, se pondrá a la venta el 10% del aforo de cada representación que es obligatorio reservar para cada día de función, concierto, recital o actividad en cumplimiento de la Ley de Espectáculos de Cantabria.

‘Largo viaje hacia la noche’ de Eugene O’Neill, una de las obras cumbre del teatro del siglo XX, se presenta en el Palacio de Festivales de Cantabria con Carlos Hipólito al frente del reparto.

Allá por los años 80 interpretó el papel del hijo, ahora asume el del padre bajo la dirección de Ernesto Caballero.

‘Largo viaje hacia la noche’ es una de las cumbres del teatro contemporáneo y la obra más íntima de Eugene O’Neill, Premio Nobel de Literatura. Escrita como un ejercicio de exorcismo personal.

Ambientada en el hogar de la familia Tyrone durante un único día, la pieza revela progresivamente un universo familiar atravesado por la adicción, la culpa y el autoengaño. Una familia en decadencia como nuestra propia sociedad que nos obliga a hacernos una pregunta: ¿qué ocurre cuando un grupo humano insiste en permanecer unido sin compartir un futuro?

Dirección Ernesto Caballero

Intérpretes Carlos Hipólito, Mapi Sagaseta, Álex Villazán y Nicolás Illoro

Escenografía Paco Azorín

Diseño de vestuario José Cobo

Ayudante de dirección Pablo Quijano

Fotografía de cartel David Ruano

Vídeos David González

SOBRE LA OBRA

En el transcurso de un solo día de verano, la familia Tyrone se enfrenta a sus fantasmas en una casa junto al mar. James Tyrone, patriarca y actor veterano, lucha con su miedo a la pobreza, mientras su esposa, Mary, se sumerge en una adicción que la consume.

Sus hijos, Jaimie, derrochador y Edmund, melancólico y enfermo, navegan entre el amor y el resentimiento. Un clásico del teatro contemporáneo que ha sido interpretado, desde su estreno en el Royal Dramatic Theatre de Suecia en 1956, en Broadway obtuvo el Premio Tony a mejor obra y un Premio Pulitzer de Drama; con sucesivos estrenos marcados por el éxito; en el West End de Londres, en el Old Vic Theatre y recientemente en el Wyndham's Theatre, protagonizado por Jeremy Irons. Se trata de un texto autobiográfico en el que O´Neill disecciona con crudeza y compasión las heridas de su propia familia.

NOTA DEL DIRECTOR

‘Largo viaje hacia la noche’ es un pilar del teatro contemporáneo y la obra maestra indiscutible de Eugene O’Neill. Escrita catorce años antes de su estreno, la pieza vio la luz en 1956 —primero en el Royal Dramatic Theatre de Suecia y luego en Broadway— apenas tres años después de la muerte del autor. Aunque O’Neill dejó instrucciones de que no se publicara hasta 25 años después de su fallecimiento, su viuda, Carlotta Monterey, decidió autorizar su difusión anticipada.

Se trata de una pieza profundamente autobiográfica en la que el autor disecciona con crudeza y compasión las heridas de su propia familia. En un intento por exorcizar sus fantasmas personales al final de su vida, O’Neill le confesó a su esposa en una dedicatoria que escribió esta obra "con lágrimas y sangre".

Largo viaje hacia la noche no es sólo el retrato de una familia disfuncional, sino el de un sistema que insiste en sostenerse cuando su sentido ya se ha agotado. La familia Tyrone no está simplemente rota: se defiende de su propia implosión. Cada uno lucha por mantener a flote una estructura que alguna vez prometió cobijo, identidad y futuro. Pero lo que los une ya no es un deseo común, sino el miedo: a la soledad, al fracaso, a reconocer que el proyecto que los organizaba ha dejado de existir.

Desde esta perspectiva, la familia se vuelve metáfora de una sociedad que funciona por inercia, una convivencia que persiste sin horizonte compartido.

Las adicciones -alcohol, morfina- no son aquí meras dependencias, sino formas de evasión. Cada personaje está aferrado a un relato que lo absuelve de cambiar. Aunque la obra transcurre en un solo día, lo que se despliega es un bucle: las discusiones regresan, las heridas se reabren, el tiempo no avanza; se espesa. Cada intento de reconciliación es sincero y, sin embargo, insuficiente. Ahí reside lo trágico:  en la insistencia estéril.

No hemos querido juzgar a estos personajes ni ironizar sobre ellos. Tampoco subrayar el melodrama. Hemos trabajado desde la contención, desde la escucha, desde esa imposibilidad de conectar incluso cuando se intenta. El dolor, creemos, no necesita exhibirse; basta con que se filtre.

El espacio escénico no reconstruye una casa realista. Lo concebimos como un organismo de memoria. La casa no es espacio arquitectónico, sino espacio mental: un lugar donde el pasado nunca termina de irse. A medida que avanza el día, todo se vuelve más poroso, más frágil, invadido por una niebla que no es meteorológica, sino existencial.

Me conmueve la fragilidad de ese pilar familiar encarnado en James, el padre, que confunde proveer con amar, la oscilación de los hijos entre lucidez y sabotaje: y, sobre todo, la deriva emocional de Mary, la madre, suspendida en un recuerdo que la protege y la condena.

Nuestra versión respeta el texto original, aunque prescinde de ciertas marcas locales. No pretendemos actualizarlo con un radical desplazamiento en el tiempo, sino resaltar que su conflicto permanece: persisten familias unidas por la inercia, sociedades aferradas a estructuras extenuadas, relatos que nos protegen de la intemperie del cambio.

En cualquier caso, una pregunta sencilla ha sido la brújula que ha orientado nuestra travesía escénica: ¿qué ocurre cuando un grupo humano insiste en permanecer unido sin compartir un futuro?

Este largo viaje no conduce a una resolución, sino a la constatación de que el día se repite irremisiblemente; y, sin embargo, en esa repetición hay algo profundamente humano: la voluntad de no dejarse hundir del todo.

Esa insistencia -trágica y frágil- es el corazón de nuestra puesta.