Opinión


06/01/19

Javier Domenech

  1. El miedo a el lobo feroz

    En política, las sonrisas exultantes de las victorias siempre acaban un día. Ocurrió con los saltos entusiasmados de Rajoy en el balcón de Génova para acabar escondido en un restaurante mientras se votaba su defenestración hace unos meses. Pero pocas veces se ha visto un rostro tan descompuesto por el fracaso y la incredulidad, como el mostrado por la Presidenta de Andalucía la noche en que se conocieron los resultados electorales.
     
    El descrédito del Pp se inició cuando, tras obtener la mayoría absoluta, con un gobierno de técnicos, dedicó  toda su política a  resolver una situación económica como podía haberlo hecho el consejo de administración de una gran multinacional: cuadrando balances, recortando mínimamente el gasto autonómico y subiendo impuestos indiscriminadamente, sin tomar medida política alguna. La pasividad contra la corrupción, los miedos a defender sus ideas y la tibieza con que se afrontó el problema secesionista catalán, descargando la toma de decisiones sobre jueces y fiscales, condujo a una situación de hastío y desencanto. Las alarmas saltaron cuando fue desplazado por un líder socialista que optó por una mayor radicalización, unido a Podemos, a los separatistas y a los terroristas vasos e incluso negociando el presupuesto nacional en las celdas de los presos, apartando a jueces incómodos, haciendo estandarte de la exhumación de un cadáver perdido en el recuerdo y ahondando la división nacional. Una peligrosa cabalgada que necesariamente acabaría provocando una respuesta.
     
    Difícilmente iba a quedar silenciada la impunidad con que se contemplan las agresiones a los símbolos nacionales, desde el Rey a la bandera, la reconstrucción del pasado con leyes de supuesta memoria histórica y la actitud pactista  con los secesionistas y los sucesores del terrorismo etarra, el sectarismo en los medios de información, la arrogancia frente quien no piensa igual y el mantenimiento de un gobierno bajo sospecha entre falsedades académicas y fraudes fiscales.
     
    Vox ha ido incubándose  como muestra del hartazgo de quienes hasta ahora permanecían resignados con la situación política actual, defendiendo la imagen y unidad de España, los valores éticos que muchos españoles comparten, la necesidad de una regulación eficaz de la inmigración masiva, cuestionando los excesos autonómicos, con su desgarro del sentido de Estado, gasto desmesurado y cobijo de la mayor corrupción. Es el grito de quienes por considerarse españoles han sido tachados de fascistas;  de quienes se sienten orgullosos de su país,  aceptando su pasado glorioso o penoso, la expresión de los millones que desean vivir en paz, respetando las leyes y exigen iguales derechos y obligaciones en todo el territorio nacional. Sorprendentemente se les considera un peligro público por aquellos que desprecian los tribunales, desafían la Constitución y luchan contra las instituciones. ¿Quién realmente amenaza la convivencia?
     
    Porque Vox no es solo la expresión de los que durante los últimos años vienen sufriendo los problemas económicos, sino la muestra de una indignación generalizada contra un sistema de partidos que probablemente afronta el final de una época. Como ocurrió con los conservadores y progresistas de hace un siglo, cuando la herencia de Cánovas y Sagasta fue reemplazada por otros lideres de menor altura.
     
    Quizás el futuro no sea la alternativa entre  Psoe y Pp. Ciudadanos considerado como liberal, tiene un programa más próximo a la socialdemocracia moderna y tras haber acogido a una parte del electorado socialista y de las nuevas generaciones de votantes, podría reemplazar al Psoe lastrado por el radicalismo.  Y el PP, a quien le va a costar recuperar su crédito, podría verse sustituido por Vox como expresión sin complejos de una derecha moderna. 
     
    El tiempo lo aclarará

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