Opinión


07/02/18

Enrique Álvarez

  1. ¿Imperiofobia o cristofobia?

    Semanas atrás publiqué un artículo en estas mismas páginas a propósito del libro “Imperiofobia y leyenda negra”, de la profesora María Elvira Roca Barea, con muy cálidos elogios y mi recomendación más absoluta. Ese libro, un extenso ensayo histórico sobre la propaganda antiespañola, prosigue su exitosa carrera en el mercado, pero yo, tras un tiempo de reflexión y nuevas lecturas, me siento obligado ahora, sin retractarme de los elogios, a hacer algunas reservas o, por lo menos, matizaciones.

    La primera de todas es que la tesis fundamental del libro, la de que la leyenda negra antiespañola no es sino un episodio más del fenómeno universal de la imperiofobia, se me antoja equivocada. Y no sólo porque la comparación entre el desprestigio y las injurias al imperio español con el desprestigio y las injurias al imperio romano, o al imperio ruso o a los Estados Unidos de Norteamérica, no avala la existencia de un parecido lo bastante convincente como para hablar de ley histórica inexorable, sino porque la hispanofobia tiene características singulares y excepcionales, como la propia autora demuestra a lo largo de tantas páginas, características que podría resumirse en una sola: su asombrosa y casi inexplicable pervivencia. La detestación de España, que nace en la Italia de finales del siglo XV, permanece en el tiempo y está tan viva como nunca en el siglo XXI, como se ve, por citar el ejemplo más claro (manifestado hace sólo unos días en la visita del Papa a Chile), en la fobia visceral a la obra civilizadora de nuestra nación en el continente americano. Es decir, el Imperio español, que empezó su decadencia en 1648, se desmoronó por completo en el siglo XIX, y sin embargo, casi dos siglos después, sigue siendo denigrado apasionadamente. Algo que no recuerda para nada a lo sucedido con otros imperios.

    Hay, pues, una clara contradicción entre los hechos probados en el libro y la idea conclusiva del mismo, la no excepcionalidad de España en el contexto de las naciones europeas modernas, una idea particularmente grata a toda la pléyade de hispanistas actuales que han trabajado por desmontar nuestra leyenda negra. No, afirman, Spain is not different, España es un país como los demás; la historia de España no registra más brutalidad, más persecución religiosa, más oscurantismo, más racismo, más injusticia social que la de los países de nuestro entorno. Pero el caso es que, a la luz de los hechos enumerados y harto documentados en este gran ensayo de la profesora Roca Barea, lo que resulta es que la historia de España registra precisamente menos brutalidad, menos oscurantismo, menos persecución religiosa, menos racismo y menos injusticia que en el resto de los países. Luego España sí es diferente, es mejor, o es menos mala. España, como confiesa Arcadi Espada en el prólogo del libro, se le antoja por fuerza al lector un país más simpático (aun cuando el propio Espada se adhiere explícitamente a la tesis de la no excepcionalidad).

    No, no puede ser igual que los demás un país calumniado tan persistentemente, despreciado y vilipendiado con tanta saña, tanta injusticia, tanto delirio. Algo hay en el destino de nuestra nación que, a pesar de su decadencia, de su pérdida de rango y de su insignificancia actual en el concierto de las naciones, lo hace odioso y aborrecible, no en su figura hodierna, claro es, sino en su misión histórica, que ha sido triple: contener al Islam en el flanco sur de Europa, llevar el cristianismo al Nuevo Mundo y recuperar la unidad católica en el continente. Logrados los dos primeros objetivos, el tercero en cambio falló y fue causa de la derrota de España, abatida al fin por el ataque envolvente de los naciones protestantizadas.

    Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre el valor de esa triple misión, sobre si fue maldición o ventura que España abrazase la defensa de la Cruz, no puede negarse que la identidad  histórica de España está vinculada a lo religioso, a una visión transcendente de la vida; y por más que esa identidad sea ya totalmente irreconocible en este Estado surgido de la Constitución de 1978, por más que la España que hay hoy, y la España que se espera para mañana, compita para ganar el título de país más laico del mundo, el recuerdo de lo que fue mantiene viva esa fobia, dentro y fuera de nuestras fronteras, y la mantiene viva porque vivo está, vivito y coleando (como vemos un día y sí y otro también), el rechazo a la Cruz y al ideal unificador, el único universal y fraternal a la vez, que representa para la raza humana el catolicismo, por muy fuera que se halle ese ideal de cualquier horizonte posible.

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