Opinión


27/11/21

Enrique Álvarez

  1. Legislaréis como dioses

    No es nada difícil advertirlo: quienes nos gobiernan (en Europa, en España, en Cantabria) están poseídos por la pasión de legislar. Comúnmente se piensa que hacer leyes es bueno. El estado de derecho necesita leyes, muchas leyes y leyes largas. Si no las hay, o las que hay son cortas o insuficientes, el principio de legalidad no puede funcionar bien y estamos sometidos más fácilmente al desorden y a la arbitrariedad del poder. Eso se cree, pero eso no es exactamente así, porque las leyes no son necesariamente buenas sino que pueden ser muy malas, injustas, incluso pueden ser --aquí tenemos unas cuantas-- monstruosas y aberrantes. Solo con una fe de caballo cabe pensar que toda ley hecha por un parlamento democrático está exenta de error o de injusticia. Las mayorías pueden equivocarse, y se equivocan mucho. ¿Es que hay alguna barbaridad política que no haya sido aprobada alguna vez por una mayoría parlamentaria?

    Pero no voy a referirme aquí a los errores y disparates legislativos. Me fijo sólo en la pasión misma de legislar, en ese afán insaciable que devora a nuestros gobernantes. Se diría que para ellos nunca han existido leyes verdaderas, o leyes necesarias para nuestra convivencia civil y democrática. Se diría que ellos son el amanecer de la verdadera justicia y de la verdadera igualdad. Cuando uno lee cualquier ley de las que se promulgan actualmente en las Cortes o en las asambleas de las comunidades regionales, tiene la sensación de que esa ley, más que regular unos derechos y deberes, más que prevenir o solucionar determinados conflictos, lo que está haciendo es fundar, constituir algo nuevo. Como si no hubiera nada o hubiera sólo caos e injusticia, cada nueva ley parece que viene a crear un pedazo de cosmos, o a dar al hombre los derechos que nadie le dio nunca.

    Creación: es la palabra clave. Los legisladores actuales, los políticos que alcanzan una mayoría en cualquier parlamento, máxime si son de signo progresista, se sienten ante todo creadores. Tal vez algunos sean artistas o escritores frustrados, pero todos sienten que ha llegado el momento de ser dioses, o por lo menos demiurgos: ya que no existe Dios, ni existen las leyes naturales, hay que hacer la función legislativa sub specie aeternitatis. Hay que legislar para que el Derecho y la Justicia sean revelados de una vez para siempre. Porque nada realiza y satisface más a un gobierno progresista que imponer un orden legal totalmente creativo.

    Hubo un tiempo en que la izquierda imitaba al Dios Hijo en su afán por redimir al hombre, por rescatarlo de la esclavitud y de la injusticia. Ahora ha dado un paso más allá e imita directamente a Dios Padre: crea al hombre, al neohombre, y le da sus leyes, sus neoleyes.

    Lo malo de las leyes que nos llueven no es que sean demasiado complejas, técnicamente deficientes o moralmente disparatadas (algunas), sino que son en su gran mayoría superfluas. Buena parte de las cosas y de los objetivos que dicen perseguir, se lograrían simplemente con actos de gobierno o medidas administrativas. Pero no. Es que ellos no han venido aquí a administrar bien nuestros recursos, ni han venido a dictar reglas útiles para que la nación funcione razonablemente. No, ellos han venido a pasar a la historia. Y eso sólo se consigue si uno funda o conquista derechos para los demás (no importa que sean derechos inverosímiles), porque solo hablarán mañana de nosotros si revolucionamos algo desde el poder, si hacemos lo que nadie hizo nunca en siglos, en milenios.

    Y yo diría que, aunque esta pasión de legislar al modo divino es común, como se está viendo, a todos los países del mundo, en España ha arraigado con mucha mayor fuerza. Puede ser que se deba a que la izquierda española sigue teniendo la frustración incurable de no haber hecho la Revolución Francesa, de no haber cortado la cabeza a un rey, de no haber llevado preso a un papa ni haber cambiado los nombres de los meses. Pero es de creer que se debe más bien a que en nuestro país el número de los tontos, el número de los que se resignan dócilmente a la erradicación de sus tradiciones y costumbres más nobles, es el triple de alto que en otras partes.

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