Opinión


01/03/21

Guillermo Pérez-Cosío

  1. "23-F: Están todas las piezas"

    No tenía razón el comandante de infantería Pardo Zancada cuando en un libro publicado en 1998, que titulaba `23-F: La pieza que falta´, ofrecía su explicación sobre los sucesos ocurridos diecisiete años antes en el Congreso de los Diputados por cuya participación -muy secundaria, hasta innecesaria podría decirse- el consejo de guerra que juzgó los hechos le impuso una condena de 12 años de prisión; un año menos de los adjudicados a Oriol Junqueras por los delitos de sedición y malversación apreciados con motivo de su intervención, este sí como protagonista principal, en los sucesos producidos en Cataluña en 2017.  

    Creo que los hechos, o las piezas como le gusta decir al militar, han estado completos desde el inicio.  Y siguen estándolo todavía a disposición de los intérpretes menos avezados pese a la machacona insistencia con que la izquierda, tan dada a propiciar una gran lanzada al moro muerto, habla de la necesidad de aclarar todavía la `trama civil´ del golpe.

    Una trama civil que muy probablemente incluiría al señor Tarradellas, presidente de la Generalidad catalana hasta 1979 y que en una entrevista ofrecida en 1980 señalaba que `si no se da un golpe de timón fuerte y rápido, habrá que emplear el bisturí, porque ya hay demasiadas cosas malas que hay que cortar´. O a Manuel Fraga de la entonces Alianza Popular, cuando apuntaba que `si no se hace algo positivo, el golpe será inevitable´. Muy en línea con lo que afirmaba el sindicalista y comunista Marcelino Camacho: `Estamos en una situación de emergencia´. Parecido desde luego a lo que señalaba desde UGT su secretario general Nicolás Redondo: `Estamos en una situación límite´. Y todo ello por no hablar de las visitas de destacados lideres socialistas, con su número tres al frente, Enrique Múgica Herzog, al general Alfonso Armada en el destino de este en el gobierno militar de Lérida y que supongo algo tendría que ver con que Armada se presentase en el Congreso de los Diputados la noche del 23-F con la lista de un nuevo Gobierno que incluía ministros comunistas y socialistas.

    Las razones de cada uno de ellos seguramente no eran las mismas y desde luego estoy por asegurar que tampoco coincidían con las del teniente coronel Tejero que había acudido a la Carrera de San Jerónimo con sus guardias después de comprobar como muchos de los 79 guardias civiles asesinados por el terrorismo entre 1975 y 1981 habían sido subordinados suyos en la Comandancia General de Guipúzcoa.

    No, no hay mucho que investigar de esa trama civil del golpe con la que fantasea la izquierda y que puede reconstruirse con facilidad a partir de simples recortes de periódico, sin necesidad de desclasificar papel secreto alguno.  Al contrario de lo que ocurre en el cuento del traje nuevo del rey al que salvo un niño nadie es capaz de decir que en realidad va desnudo, la trama ha pasado por delante de todos sin que nadie haya osado alzar la voz para descubrirla.  

    Lo que en realidad ha faltado del 23-F, y ya no va a poder completarse nunca, es que, como bien señalaba Pando Zancada, el teniente general Milans o el general Armada, o ambos -mejor aún-, se hubieran puesto en pie para dirigirse al presidente del consejo de guerra y decirle algo parecido a esto: `De mí hacia la izquierda no quiero ver a nadie en este banquillo. Todos estos generales, jefes y oficiales no han hecho otra cosa que obedecer mis órdenes. Ostento el mando y soy el único que debo responder de mis actos´. 

    Lo que hubiera ocurrido después carece de importancia, aunque algo podemos imaginar a partir de la anécdota sucedida cuando el relator del consejo de guerra leía la sentencia a los procesados en un ambiente extraordinariamente tenso que se desarrollaba en una sala de visitas presidida por el retrato del Rey sobre una mesa. Al llegar al pasaje de la sentencia que abordaba las circunstancias atenuantes, concretamente la obediencia debida, que el tribunal rechaza para todos, el retrato del Rey está en el suelo hecho añicos. Uno de los procesados lo ha arrojado al suelo con las dos manos. El relator se vuelve rápido hacia donde viene el ruido y amenaza con un expediente. Alguien responde “¡Se ha caído!”. Se sucede un breve e interminable silencio y el relator prosigue la lectura de la sentencia. 

    Años después, coincidiendo con el cuarenta aniversario de esos hechos, el mismo retrato ha vuelto a caerse, pero esta vez sin ayuda de nadie.

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