Opinión


12/09/21

Guillermo Pérez-Cosío

  1. Afganistán no ha tenido un Annual 2.0

    ¡Qué error, que inmenso error! La frase ha pasado a la historia por otros motivos, pero la pronunció Franco en 1937 al examinar las fotografías áreas del Cinturón de Hierro promovido por los nacionalistas vascos para defender Bilbao. Algunos todavía se afanan en demostrar que Franco era un militar incompetente sin advertir que esa declaración supone mayor humillación para el ejército derrotado. Nadie parecía haberse dado cuenta de que las líneas defensivas eran excesivamente largas y requerían un elevado número de hombres y puestos de observación y asentamiento para las armas que además habían sido mal elegidos. Todo un error, efectivamente.

    Algo así había ocurrido dieciséis años antes en Annual (Marruecos), en la mayor catástrofe bélica sufrida por el Ejército español en su historia moderna de la que acaban de cumplirse cien años y que se inició en el campamento de igual nombre, montado de manera improvisada a unos ciento veinticinco kilómetros de Melilla y que albergaba más cinco mil soldados.  

    Entre un conjunto de factores como la escasez de medios y mala utilización de los que existían, la improvisación que todo lo fía al azar y las rencillas e intereses personales en el alto mando, en la humillante derrota de Annual destacó sobre todo la mala disposición de nuestras tropas en un frente demasiado amplio compuesto por casi medio centenar de posiciones que fueron cayendo una a una como fichas de un macabro dominó permitiendo que los rebeldes se plantasen sin obstáculo a las puertas mismas de Melilla. 

    Pese a la terrible derrota, que en tan solo un mes causó entre diez y doce mil bajas en nuestro Ejército y provocó la caída del Gobierno e incluso un cambio de régimen político, España no abandonó Marruecos y en los dieciocho años siguientes consiguió dominar y pacificar el Protectorado hasta la total independencia del reino alauita conseguida en 1956.  

    La participación de fuerzas militares occidentales (españolas incluidas) en Afganistán guarda muchas similitudes con la intervención española en el Protectorado de Marruecos, pero también notables diferencias.

    Los dos casos han tenido por finalidad pacificar un territorio rebelde al poder central internacionalmente reconocido, el sultán marroquí de Fez y el gobierno afgano de Kabul respectivamente. Las dos intervenciones han provocado una serie de conflictos bélicos contra unos rebeldes con estructuras sociales y políticas medievales, que han actuado por razones religiosas, xenófobas, políticas y por simple bandolerismo ancestral.

    Los dos escenarios bélicos se han caracterizado principalmente por la lucha de guerrillas en una zona montañosa y pobre con las clásicas posiciones estáticas que provocan una dinámica de hostigamientos, emboscadas, reconocimientos y raramente acciones de fuerza en una guerra prolongada en la que el que no pierde, gana.

    La gran diferencia con el caso español es que, veinte años después de que Al-Qaeda declarara la guerra a Estados Unidos con el ataque a las Torres Gemelas, los mismos talibanes que dieron cobijo a Osama Bin Laden, cerebro de los atentados, están en el poder y controlan más territorio que el que nunca lograron copar entre 1996 y 2001 y todo ello a pesar de las nuevas tecnologías, los generosos sobornos y una potente maquinaria política, económica y militar.

    En Marruecos, a partir de 1921 España se desplegó y permaneció en el territorio del Protectorado sin encerrarse en posiciones defensivas, ocupando materialmente el terreno en estrecho contacto con la población nativa de cuyo comercio local se aprovisionaba. En cambio, en Afganistán los contactos entre culturas han sido prácticamente nulos y las unidades militares, sometidas a continuos relevos de pocos meses, han permanecido encerradas en grandes bases aisladas que eran abastecidas y alimentadas desde el exterior, desconociendo el ambiente, idioma, evolución política e idiosincrasia de la población nativa que no ha visto por ello mejorada directa y sustancialmente su calidad de vida. 

    La razón principal de ese aislamiento y a la postre del fracaso de la propia misión, está en falta de puesta en juego de todos los medios al alcance para ejercer una presión continua económica, política y militar que lleve a la victoria, incluida la asunción de las inevitables bajas que se producen en los combates.  

    Precisamente uno de los grandes problemas en Afganistán ha sido la necesidad de mantener lasbajas dentro de los márgenes que la sociedad occidental y particularmente la estadounidense considera aceptables. Y 2.331 soldados estadounidenses muertos y 14.874 soldados de los otros países aliados (incluidos 102 españoles) parecían hasta el momento un coste de vidas razonable para la llamada “guerra contra el terror”. Sin embargo, los elevados costes económicos de más de 8 billones de dólares parecen haber sido el factor principal que ha movido al presidente Joe Biden a ordenar la retirada completa de Afganistán.

    Lo que ahora falta por comprobar es si esta guerra, en la que no ha existido un Annual 2.0, pero que se ha llevado a cabo mal planificada y peor acabada, va a suponer en el futuro nuevos sacrificios en vidas y en recursos económicos por efecto del terrorismo. 

    No se olvide que solo en los atentados contra las Torres Gemelas murieron en un solo día 2.996 civiles, más víctimas por tanto que el total de las bajas sufridas por EE. UU. en estos veinte años de guerra.

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