Opinión


17/01/24

Enrique Álvarez

  1. El calentamiento global llega a la Iglesia

    Ahora que, según las informaciones más fidedignas, están comenzando a derretirse los casquetes polares, es curioso comprobar cómo también se derriten, se licúan, los casquetes vaticanos, la cáscara o núcleo duro de los dogmas o verdades que la Iglesia católica conservaba desde hace tantos siglos.

    Lo del permiso para que los curas bendigan a las parejas homosexuales y concubinarias no es más que un síntoma, claro síntoma, de ese que ya podríamos llamar Santo Deshielo. No hay herejía: la Iglesia no ha dicho que el adulterio o la sodomía sean ahora lícitos moralmente; tan sólo ha dicho, o más bien insinuado, que esas personas así emparejadas no necesitan cambiar su vida para recibir los beneficios, cualesquiera que sean, que una bendición sacerdotal puede otorgar. Está claro que no está nada claro. Es, pues, un triunfo de la ambigüedad. Un triunfo más, cuando ya hace algún tiempo que el mundo occidental (que no la humanidad entera) se ha hecho decididamente ambiguo, es decir, fluido, líquido.

    Es cierto que las cosas reales siempre fueron movedizas y cambiantes, buenas y malas a la vez, en proporciones diversas; pero, hasta ahora, el orden moral, al menos según el cristianismo, no lo era. Tenía solidez, un atributo que parecía necesario para preservar nuestro anclaje con lo estable y permanente, con el Logos, es decir, con la palabra eterna de Dios. A partir de este papado, ya muchos piensan que ese anclaje y ese orden moral firme han empezado a quebrarse para siempre. Todo es susceptible de mutación y adaptación. Nadie niega que la Iglesia condenó siempre tanto los actos homosexuales como los heterosexuales fuera de matrimonio, pero hay una nueva teología que enseña a distinguir y a valorar de otro modo tales actos, en positivo, y quiere hacerlo precisamente desde la base misma del Evangelio: la caridad, que es comprensión, aceptación de la diversidad y obsequio del tiempo y de los tiempos.  

    Sin embargo, qué poco parecen conocer a Jesucristo los representantes de esa nueva teología. El que enseñó la caridad y puso el sábado al servicio del hombre es el mismo que dijo aquello de que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, porque humanizar la ley no significaba relativizarla, ambiguarla, adaptarla al fluir de la historia. Un caso muy claro es el del divorcio. Dice el Evangelio (Mc. 10, 2) que los fariseos preguntaron a Jesús si puede el marido repudiar a la mujer, y Él les preguntó a su vez qué había prescrito Moisés. “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”, respondieron. Y entonces el les dijo que “por la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros ese precepto, pero desde el comienzo de la creación no fue así” sino que Dios prohibió el repudio de la mujer por el hombre y viceversa. Es claro, pues, que el Evangelio no desvirtúa la ley natural, al contrario, la reafirma frente a la tolerancia y relajo del Antigua Testamento.

    ¿Por la dureza de nuestro corazón va a permitir ahora la Iglesia las bendiciones de marras? No, por Dios, antes bien por su blandura y delicuescencia. Porque son muchos los católicos, curas o laicos, que no sólo carecen de argumentos fiables para sostener la ilicitud moral de esos emparejamientos sino que, abrumados por su número creciente, por la cantidad pero también por la calidad, de las personas homosexuales o de las que viven una relación extramatrimonial tal vez muy limpia (digamos, sin perjuicio de terceros), lejos de ver en ello, como se hizo durante siglos, un síntoma de la decadencia de nuestra civilización, atisban un claro aviso de Dios, uno de esos signos de los tiempos que, según el Concilio Vaticano II, obligan a la Iglesia, so pretexto de mirar la realidad actual en clave creyente, a matizar, a difuminar y sutilizar ciertas verdades. Como si Dios ordenara que, a fuerza de propagarse y hacerse más y más públicas, la Iglesia acepte esas relaciones como cosa buena, primero en unos pocos y concretos supuestos, y después, paulatinamente, conforme imponga el devenir de la sociedad, en otros muchos supuestos más, que ni siquiera imaginamos.

    ¡Ay, el devenir..! Se diría que el cristianismo está cambiando sus filósofos de cabecera, que ya no serían Platón y Aristóteles, sino Heráclito de Éfeso. Todo fluye, todo cambia, no hay otra ley divina que la perpetua diversidad.

    Pero no. Más bien creemos que, en el seno mismo del cristianismo, de un modo admirablemente astuto, ha surgido una nueva religión, que no herejía, un cristianismo sin cruz, que vampiriza la sangre del Evangelio, que se adorna con las plumas de una falsa caridad, y que va adueñándose del pueblo cristiano, que, aunque menguado por los nuevos paganismos, todavía es pueblo. 

    El núcleo duro vaticano, como el casquete polar, quizá está derritiéndose, sí, y las aguas excesivas podrían anegarlo todo. Pero Dios permitirá que quede una isla, una gran isla, de la que también resurgirá pronto aquella gran luz y fuerza salvadora.

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