Opinión


11/04/20

Enrique Álvarez

  1. La hipótesis del castigo

    Hay muchos modos de ver esta catástrofe de la pandemia presente, pero podrían resumirse en dos. Uno, el de quienes creen que tiene un sentido -me refiero a un sentido moral-, que responde a unas causas relacionadas con la conducta del hombre. Y otro, el de los que creen que es un accidente más de la naturaleza, por muy grave que nos parezca, y que incumbe por tanto, en exclusiva, al orden científico. 

    Quien ve las cosas al segundo modo sólo ve, sólo quiere ver hechos, relaciones de causa-efecto entre fenómenos, y en todo caso sólo quiere hallar soluciones prácticas al problema. No le interesa más, no quiere pensar en más: desprecia la cuestión -o no tiene tiempo que dedicarle- de si esos hechos son ciegos, fruto de leyes ciegas y de azares sin cabeza, o si por el contrario hay detrás algún tipo de inteligencia o de voluntad que nos interpele.

    Quien ve las cosas al primer modo ve más que los hechos, ve una inteligencia y una finalidad tras ellos, aunque tal vez vea lo que no existe, aunque delire de una u otra forma. Quien ve las cosas así podría alinearse con el modo que la humanidad ha tenido hasta hace no mucho tiempo de afrontar las calamidades y tribulaciones que afligían a muchos. Eran un correctivo por los errores de un pueblo, una lección purgativa y dolorosa para que cambiase de vida. Ese correctivo lo infligía Dios, el buen Dios, con el fin de evitarnos desgracias mayores. El hombre de antes veía así las cosas, y el hombre cristiano aceptaba humildemente el flagelo, aunque no por ello dejaba de implorar a Dios para que el flagelo cesase.  

    Al hombre de hoy, en cambio, y no me refiero al hombre meramente científico sino al que quiere leer algo más allá de los meros fenómenos, le cuesta mucho aceptar la idea de un ser superior que castiga, aunque sea con el mejor de los fines. La propia Iglesia católica tiene serias dificultades para pensarlo o al menos para exponerlo así. Repugna la idea de que ese Dios providente que se perfila en el Evangelio corrija, o se vengue, tan duramente de los pobrecitos humanos. Dios sigue ahí, abierto a nuestras súplicas, eso sí, pero es preferible no pensar en las posibles razones por las que nos ha sobrevenido esta gran calamidad. Creemos tener fe suficiente como para suplicarle que cese, que se apiade de nuestra angustia, pero no nos atrevemos a creer que la humanidad, o siquiera una parte de ella, estuviera mereciendo, o al menos necesitando, tamaña corrección. Y si se reflexiona un poco, hay una gran incoherencia en este cristianismo actual, que cree en el poder de Dios para librarnos de cualquier desgracia, pero no quiere ni hablar de su poder para permitirla o de la razón por que la permite.

    Por eso es tan miserable la condición del hombre religioso de hoy, condenado a creer tan a oscuras; condenado, ante este mal inmenso del coronavirus, a quedarse en la simple sospecha de que no es un mal natural, una catástrofe sólo distinta en magnitud a otras; condenado a no entender por qué ni para qué; condenado, o arrastrado, por ese impulso que el mundo llama solidaridad a secundar una esperanza y un optimismo sin fundamento –“resistiré”-, ese optimismo de quienes creen que el hombre solo, sin ayuda de Nadie, será capaz muy pronto de salir de ésta, y capaz únicamente porque sí, “porque él lo vale”.

    El hombre religioso, el hombre diríamos normal, el que habitó aquí hasta hace menos de un siglo hubiera visto clarísimo lo que es, lo que significa esta pandemia singular y horrible del Covid 19, que ya estamos viendo que no puede compararse a ningún terremoto ni guerra ni catástrofe universal conocida. Ya hubiera visto su relación directa con esa otra pandemia de leyes democráticas de la buena muerte de ancianos y enfermos, con esa otra pandemia de hordas callejeras clamando contra el orden natural de la creación del hombre, con esa otra pandemia de devastaciones del orden familiar propiciadas por un sistema capitalista sin límites. 

    Y el hombre de ayer hubiera entendido mucho más que el de hoy, y hubiera sido humilde para reconocer sus errores, para confesar sus culpas, y hubiera aceptado este castigo y su necesidad, y hubiera aprovechado la lección. Mientras que el de hoy vacila, zozobra, se arma un lío con tantas opiniones e informaciones. Y a lo sumo espera por esperar. Hace brindis al sol. O espera a que llegue junio, cuando esto pase del todo, más bien finales de junio, para organizar nuevas orgías, para promover nuevas hordas, para perpetrar nuevas leyes “democráticas”.

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