Opinión


05/04/22

Enrique Álvarez

  1. Crímenes de paz

    El Gobierno español, ese ente preternatural que ha aprendido misteriosamente a sobrevivir haciendo siempre lo contrario de lo que la opinión ilustrada y el sentido común le piden, ha perpetrado la última y más terrible fechoría que le quedaba por perpetrar. Ha suprimido de la ESO la enseñanza de la Historia, de la cultura clásica y de la Filosofía. Y ha impuesto en su lugar la enseñanza de todas las mandangas de moda que los grupos de presión y activistas de toda laya progresista y sostenible vienen colocándonos sin interrupción desde hace unos pocos años.

    No tengo duda de que éste es, sin embargo, un asunto que no preocupará mucho a la mayoría de la población, acogotada como está por los problemas de la inflación, de la salud y de las bombas rusas. Pero precisamente por eso, porque dicha fechoría no va a encontrar la resistencia de la masa democrática que pone y quita gobiernos, yo debo levantar aquí mi voz. Y la levanto con la mayor indignación, y llamo criminales intelectuales al presidente del gobierno y a toda la ministrada que tiene a su alrededor, criminales y no ya bárbaros ni catetos, porque crimen es negar a los adolescentes españoles y a las generaciones que vienen el acceso a la cultura, el derecho mismo a instruirse en lo que de verdad importa a las personas: el saber histórico, el enterarse de dónde vienen, el conocer lo esencial de sus raíces.

    Es un crimen, sí, y un crimen doloso, cometido con toda la intención, una mala intención que en este caso es doble. Por un lado, se trata de cambiar a los españolitos, de imponerles su ideología, se trata de adoctrinar sin descanso las mentes de nuestros chicos embutiéndolas de sandeces, de inanidades y, lo que es peor, de ideas claramente corruptoras. Y por otro, se trata de romper la continuidad de la cultura misma, de sustituirla por otra cosa. Porque ellos, en realidad, odian la cultura, desprecian el legado cultural milenario que nos ha alimentado espiritualmente a tantas generaciones. La odian y la desprecian porque a ellos les viene grande, porque ellos sólo han aprendido a odiar y a despreciar cuanto es grande, noble, perenne y profundo. 

    Para entender esto que digo no hay más que ver el perfil birrioso de quienes han regido y rigen el Ministerio de Educación en los últimos años. Viendo a esa gente gris, sin más talento ni dotes que un resentimiento muy bien cultivado contra quienes sí tienen brillo y sabiduría, resulta explicable esa saña que podríamos llamar “logoclasta”: destruir la palabra, la razón, el conocimiento. Y explicable también su objetivo: construir una sociedad de hombres y mujeres descerebrados, una ciudadanía acrítica, perfectamente manipulable.

    Pero lo más penoso para mí es que, frente a este crimen intelectual,  frente a esta devastación o genocidio cultural que se nos viene encima, que arrinconará, o más bien barrerá de España, como nunca se había hecho, las ciencias del espíritu, quienes nos vamos a levantar somos los mismos de siempre, la caterva de los reaccionarios y de los apocalípticos, algunos columnistas habituales de la llamada prensa conservadora, más alguna institución académica prestigiosa pero siempre ponderadita. El grueso de los intelectuales, de los escritores y de los artistas, que, como bien es sabido, siempre votan a la izquierda, por imperativo categórico, tal vez renieguen en privado de esta reforma del currículum de la ESO, pero no se atreverán a organizar ningún frente para combatirlo. Y lo paradójico es que ellos van a ser los primeros perjudicados, porque las ciencias del espíritu son la base de la cultura, y sin ellas el pan, su pan, tiene los días contados.

    Es tan grave, tan letal, esta nueva medida del gobierno para liquidar la filosofía y la historia (y la religión y la literatura clásica) de los planes de enseñanza, que todos los responsables de Cultura de las distintas instituciones españolas, consejeros y concejales, deberían estar ya en pie de guerra, deberían dejar por un momento de repartir subvenciones (o montar campañas hipócritas de fomento de la lectura) y ponerse a articular un plan urgente de defensa de las raíces y del tronco y de las ramas de ese árbol al que a ellos mismos deben el sueldo: esa cosa que llaman Cultura y que ha morir sin remedio de aquí a diez años, cuando nuestros chicos salgan de los institutos sin saber quién fue Kant o Cisneros o Unamuno o Quevedo o Shakespeare o El Greco o ni siquiera Karl Marx.