Opinión


23/10/21

Enrique Álvarez

  1. ¿Perdón por haber llevado la civilización?

    Quienquiera que tenga un poco de cultura histórica no debería extrañarse de que muchos, tal vez la mayoría, de los católicos españoles se sientan distanciados del Papa. Ya ha ocurrido otras veces. El siglo XVI, por ejemplo, conoció muchos momentos de viva enemistad entre el papado y la monarquía hispánica (o austro-hispánica) y, aunque no existen estudios al respecto, es seguro que los españolitos de entonces estaban mucho más con su rey que con el obispo de Roma. Las papas han sido siempre los sucesores de Pedro, los vicarios de Cristo, y como tales se les ha respetado por los creyentes, pero el afecto, la adhesión del corazón, no era cosa garantizada. Hubo papas santos y venerados, y papas detestables y aborrecidos. Y no sufrió por ello la institución. El problema es que estábamos mal acostumbrados. Desde San Pío Nono, mediados del siglo XIX, hasta Benedicto XVI, todos los papas sin excepción han sido magníficos y verdaderamente queridos por el pueblo católico, de suerte que ya no contábamos con que pudiera venirnos de pronto uno que iba a comportarse de manera antipática con nuestra nación.

    Estamos obligados a esforzarnos por comprenderlo y por amarlo a pesar de todo, pero también lo estamos a señalar sus errores, sobre todo su errores de opinión y de actitud, no naturalmente sus errores dogmáticos, porque esos Francisco no los tiene, y si los tuviera el deber de advertirlos no podría incumbirle a un católico cualquiera, por mucha formación teológica que haya adquirido.     

    Si este papa no hubiera manifestado en forma reiteradísima e inequívoca que cree en la existencia del Diablo, se sentiría uno tentado a afirmar que su error fundamental es ignorar el papel que está jugando Satán en el mundo actual. Pero el caso es que Francisco sabe esto, y sabe que Diablo no es el personaje que aparece en las películas de terror sino el ser que promueve la propagación de determinadas ideas y creencias por el mundo, que cristalizan en comportamientos masivos que lenta o no tan lentamente van minando la civilización cristiana. Así que el problema de Bergoglio no estaría en su deficiente formación teológica sino en su análisis equivocado del mundo actual, en la visión miope que tiene de los problemas reales, sobre todo de los morales, de la humanidad presente. Una visión que cabría tildar de caduca, la que tendría un párroco de los años sesenta cuyo mayor reto fuera combatir el modo hipócrita y superficial de ser cristiano de sus fieles, y no la visión que se espera de un papa del siglo XXI, cuyo mayor problema en este momento es el concierto de intereses, de fuerzas y de grupos de presión que pugnan por borrar el legado cristiano de la historia.  

    Ocurre, por un lado, que las personas, a partir de cierta edad, tenemos dificultades para apreciar bien las situaciones nuevas y nos aferramos al modo viejo de percibir las cosas, y, por otro, que el mundo está cambiando tan rápidamente que bien podría decirse, por ejemplo, que los desafíos que tenía la Iglesia en 1978, cuando llegó Wojtyla al papado, nada tienen que ver con los de 2021, cuando Bergoglio inicia su noveno año como pontífice y la amenaza ya no es la Guerra Fría y sus consecuencias sino otro tipo de guerra que parece que él no alcanza a ver.

    Cuando en toda América -pronto será en todo el mundo- se ha desatado una gran campaña proindigenista que promueve la eliminación de todos los monumentos y vestigios no sólo de los descubridores, conquistadores y colonizadores sino también y principalmente de los evangelizadores, de quienes llevaron el mensaje y las ideas cristianas al nuevo mundo; cuando es obvio que esta campaña va mucho más allá de querer desagraviar a los descendientes de los indígenas que murieron o fueron víctimas por la llegada de los europeos, pues su objetivo último no es sino arrinconar y borrar la fe católica o, en el mejor de los casos, amalgamarla con otras fes, antiguas o contemporáneas; cuando está claro que, con México y Venezuela a la cabeza, Hispanoamérica se ha lanzado ya a la colosal empresa de “cancelar” toda la obra española (la anglosajona y protestante al parecer no les preocupa), viene Francisco a pedir perdón por los abusos de la “evangelización” y por el error de haber querido inculcar a aquellos pueblos nuestra cultura.

    Cierto que sus palabras en el mensaje al presidente López Obrador fueron manipuladas por los políticos de la derecha española (pues él no habló de España ni de Colón ni de San Junípero Serra), pero ese mensaje no ha podido ser más inoportuno y más torpe, porque estaba cantado que iba a suponer un precioso respaldo, un gran estímulo a las campañas  infames del proindigenismo. Y vaya si lo ha supuesto.

    ¿Acaso hay algún peligro de que los europeos volvamos a repetir la historia con los pueblos indígenas? ¿Acaso el peligro no será más bien que los populistas americanos se han puesto a hacer todo lo posible por descatolizar de arriba abajo el nuevo continente? ¿Y el Papa no tendría que haberles dicho que eso está muy mal, no tendría que haberles mostrado cómo el balance del catolicismo ha sido más que positivo para México y para Sudamérica toda?

    Lo de pedir perdón en nuestro siglo por lo que se hizo quinientos años atrás es un error estúpido que ya cometieron los papas anteriores. Pedir ese perdón es tanto como acusar a los españoles que fueron a América en el siglo XVI de ser hombres del siglo XVI en vez de ser hombres del siglo XXI. En el siglo XVI los hombres eran como eran. El mundo era entonces mucho más brutal que es hoy. Y en el siglo I aun más brutal que en el XVI. Lo importante, lo extraordinario, es que España llevó la civilización a un mundo sumido en la barbarie. Si España no lo hubiera hecho, se habrían ocupado Inglaterra, Holanda y Francia, y está claro que entonces Sudamérica no hubiera sido hoy un continente mejor que África.

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