Opinión
Más artículos de Enrique Álvarez
- Cervantes responde a Amenábar
- ¿Es ésta mi Iglesia?
- Una identidad cultural para Santander
- La inverecundia
- Monólogo interior de Pedro S.
- Un papa pobre o un pobre papa
- Santander, 2050
- Bienaventurados los vagos
- Mirando hacia atrás con dolo
- Menéndez Pelayo, sólo un nombre
- Una Iglesia que hiela el corazón
- Cuando las mujeres gobernaban el mundo
- La ira que vendrá
- Cultura: las ideas claras
- La indecencia intelectual
- Garabandal, ante las nuevas normas vaticanas sobre apariciones
- Cuando nadie quiere ser cura
- Una paradoja de nuestro tiempo
- Hijos pródigos, regresad

















Y de pronto un milagro en el cine español
Como veo poco cine actual, no soy quién para asignar jerarquía a una película recién estrenada. Si una película me gusta mucho, podré explicarlo, pero no hacer ponderaciones relativas, ponerla en el olimpo del cine o marcarla como una de las diez mejores del año o del siglo.
Hay algo, en cambio, que sí puedo decir de “Los domingos”, la película de Alauda Ruiz de Azúa que ha ganado el último Festival de San Sebastián. Y es que esta película vasca es un milagro, lo que no significa sólo que sea excelente (cualquier obra de arte excelente es un milagro, en el sentido usual de la palabra), ni siquiera porque sea, además, muy singular y original, sino sobre todo porque supone un fenómeno extraordinario en el panorama de nuestro cine y de nuestra cultura, o dicho en otros términos, un fenómeno que no tiene explicación, al menos aparente, tanto por su misma singularidad como por su éxito en el Festival y en las taquillas.
Resumámoslo brevemente y sin espóiler: “Los domingos” es la historia ficticia (no basada en hechos reales) de una adolescente que, en el contexto del Bilbao actual y en una familia muy escasamente católica, decide hacerse monja de clausura y lo lleva adelante contra viento y marea. No se trata de un capricho, de una veleidad, ni de un acto de rebeldía contra la frivolidad de su ambiente, sino de una vocación auténtica, arrolladora. Películas de monjas hay muchas, incluso hoy, películas edificantes, con trasfondo piadoso. Todas las que conozco son mediocres, o son excelentes pero tristes y nostálgicas porque miran al pasado (por ejemplo, “Ida”, de Pawlikowsky, o “Historia de una monja”, de Zineman). Ésta, en cambio, se halla en el presente, incluso yo diría que mira hacia el futuro.
¿Cómo es posible que su directora, Alauda Ruiz de Azúa, que se declara atea, haya podido calar tan honda y verazmente en el alma de una joven normal que un día decide entregar su vida a Dios, dejarlo todo por Él? ¿Cómo ha logrado convencer a los tratantes del cine español para que le produjeran una película tan a contracorriente? ¿Y qué explicación tiene que, en ese foro máximo del wokismo cultural español que es la Donostia Zinemaldia, haya podido triunfar una película que cabe considerar no ya católica, sino ultracatólica, porque no estamos hablando de una joven que se va de misionera o que milita en alguna ONG caritativa o que simplemente defiende al Papa Francisco y a la Iglesia Sinodal. No, estamos hablando de algo muy distinto, de alguien que abandona a una familia que la necesita moralmente en casa porque ha sentido la llamada de Dios a una vida estrictamente contemplativa.
Se me dirá que todo esto carece de importancia. Que, simplemente, esa directora, aunque no tenga fe, tiene sensibilidad para la estética del catolicismo tradicional. Cierto, les pasa a muchos. Se me dirá también que, al fin y al cabo, es una directora vasca con un talento evidente y que, además, en alguna escena de la película mete un diálogo en eusquera, ante lo cual la Zinemaldia ha podido aparcar por una vez sus dogmas y prejuicios.
Pero es que ocurre que “Los domingos” respira realidad, no moralismo, no apología. La película no pretende convencer a nadie de que esa chica que abraza el monjío tenga razón y de que Dios la haya llamado realmente. Se limita a contar las cosas como suceden, de un modo positivo o fenomenológico, pero lo hace con tal verosimilitud y finura, que el espectador está seguro de asistir a una pura verdad moral y estética.
Y una cosa más, lo mejor de todo. “Los domingos” respira también restitución. Si el cine español contemporáneos es de signo tan marcadamente irreligioso, no se debe a su militancia ideológica o a su ateísmo de base, ni siquiera a su odio a la fe, sino a su rechazo estético. Es una cuestión de sensibilidad o de emociones. Los valores de la religión tradicional no funcionan estéticamente. Funciona la indiferencia frente a ellos o, más aún, la plasmación de su fealdad. Esta directora vasca, se diría que no del todo conscientemente, ha hecho una gran película para mostrarnos lo contrario: su belleza.
La cuestión será saber si podemos hallarnos ante el inicio de una reacción en nuestra cultura, ante “un cambio de paradigma” (como dicen quienes no han oído hablar de Thomas Kuhn) o más bien habremos de pensar en aquello de que “una golondrina no hace primavera”.