Opinión
Más artículos de Enrique Álvarez
- Miré los muros de la patria mía
- Si nunca hubiera habido Navidad
- Leer en tiempos de Franco
- Y de pronto un milagro en el cine español
- Cervantes responde a Amenábar
- ¿Es ésta mi Iglesia?
- Una identidad cultural para Santander
- La inverecundia
- Monólogo interior de Pedro S.
- Un papa pobre o un pobre papa
- Santander, 2050
- Bienaventurados los vagos
- Mirando hacia atrás con dolo
- Menéndez Pelayo, sólo un nombre
- Una Iglesia que hiela el corazón
- Cuando las mujeres gobernaban el mundo
- La ira que vendrá
- Cultura: las ideas claras
- La indecencia intelectual

















El país de los inútiles
Empiezo a escribir estas líneas consciente de que quienes mandan en este país me van a odiar, suponiendo que alguno me lea, al menos en Cantabria. Pero es que yo sé también que la inmensa mayoría de quienes no mandan me aplaudirán el artículo.
España es, en estos momentos, un país muy mal mandado, muy mal gobernado. Si me refiriera sólo a los representantes políticos, estaría diciendo una simpleza. Me refiero a todos los órdenes de la vida nacional: hoy día España es un país dirigido, en su mayor parte, por ganapanes. No sólo presidentes de gobierno, ministros y consejeros de gobiernos autonómicos, sino también gerentes y gerifaltes de cualquier ámbito distinto al político-administrativo. No estoy generalizando: hay muchos que no lo son, pero la tendencia va por ahí: se elige, se nombra o se impone para cargos de responsabilidad, cada vez más, a personas no cualificadas, mediocres en el mejor de los casos, torpes e inútiles en el peor.
Tal vez se me dirá que esto no es nuevo, cosa de los últimos ocho años, sino de hace siglos, que siempre han medrado más los malos que los buenos. Pero no. El fenómeno, en mi opinión, es de ahora, de la España que podríamos llamar postdemocrática. ¿Por qué?
No es nada original opinar que el partidismo es lo que estraga la política, no los partidos en sí mismos sino el hecho de que la militancia en una determinada facción, la lealtad férrea al jefe, la docilidad, son los criterios que puntúan a la hora de designar mandos, y no precisamente intermedios. No se pone al frente de un organismo importante al que vale, al que tiene un prestigio sólido, sino al que dirá amén a cuanto quiera el jefe supremo. No hay que retrotraerse hasta la época en que, para llegar a ministro, difícilmente se podía ser menos que abogado del estado. Todavía en el primer gobierno de Felipe González cabe recordar que el nivel era muy alto.
Pero, siendo eso verdad, es mucho más que eso. El jefe supremo se rodea de quienes no sólo no le contradigan sino de quienes tampoco le hagan sombra, le quiten brillo. Y aún mucho más: no es tanto un problema de jefes con soberbia como un problema de sociedad con ciudadanos soberbios. La democracia fracasa como sistema político cuando deja de ser una fórmula para la elección de gobernantes con intervención del pueblo, y se convierte en un absoluto de la vida social. La democracia deja de tener sentido cuando pretende regularlo todo, cuando se confunde la igualdad de derechos y de oportunidades con la igualdad de resultados.
La igualdad, la igualación: ahí el gran mal. Es de creer que en el origen esté la envidia. La envidia a la excelencia. Si hay codicia en los gobernantes, hay envidia en los gobernados, en los ciudadanos de a pie que no quieren verse en el espejo de los que tienen mayor mérito y capacidad, sino que prefieren a gente normal (vean, si no, cómo triunfa en el planeta de la fama televisiva y no televisiva a gente cada vez más normal, más vulgar). Pero no voy a subir -o a caerme- a lo teológico, al tema de los pecados capitales. Podemos quedarnos simplemente en lo filosófico, en el terreno de las ideas. Y me ciño a una idea que impera hoy por completo: esa de que “nadie es más que nadie”. No se admite fácilmente que quien vale mucho triunfe y suba. Lo democrático es que quienes valemos poco también podamos triunfar y subir. Es hermoso que sea así. Aplausos.
Nadie es más que nadie, y cualquiera puede llegar a ministro de España, a presidente de Valencia o a arzobispo de Madrid o a máximo responsable de empresas complejísimas y vitales para la nación,
Y luego pasa lo que pasa.