domingo, 05 de septiembre de 2010
TOROS

Dos horas y tres cuarto... para qué

Dos horas y tres cuarto... para qué

[29-07-2010] 

Rafael Cabrera. Santander, jueves 29 de julio de 2010. Casi lleno. 6 toros de Torrealta (incluso el sobrero), desiguales de presencia y hechuras, mansos, embistiendo a menos y con poca clase alguno. El segundo complicado y el quinto con genio y brusco. David Fandila, el Fandi, ligeros pitos y oreja. Sebastián Castella, silencio (aviso) y ovación (dos avisos). Miguel Ángel Perera, ovación y ovación (aviso).

¡Qué mal funciona el reloj de la presidencia! Ideal para disfrutar de lo que a uno le gusta, desde luego, porque alarga los minutos hasta convertirlos en minuto y medio sin el menor problema. Lo malo es cuando la cosa se pone pesada, plúmbea, plomiza, ósmica (a mi me dijeron que entre los metaloides era el más pesado), y después de una labor intrascendente o de cara a la exclusiva galería. ¡Qué pesadez! Dos horas y tres cuartos de corrida para un resultado que las ovaciones o la oreja no reflejaron en su cruda realidad; la buena gente de Santander lo ovaciona todo, pero absolutamente todo, bueno o malo, aunque durante los lances, en el discurrir de los pases, en el intermedio de las series no sólo no surja ni un solo ¡olé!, ni siquiera un ¡bieeeeen! que llevarnos a la boca, ni haya incluso aplauso alguno, sino que rija un silencio estremecedor, como en esas manoletinas finales de Perera que parecían de funeral. Luego, es verdad, al finalizar las tandas aplaudían, no sé si por la elegancia social del evento, por costumbre o por el manual del buen aficionado al críquet. ¡Quizá incluso les gustase! Y a lo mejor hasta son capaces de recordar mañana o pasado mañana al detalle aquello que con tanta fruición aplaudían durante el festejo. Yo, sinceramente, me considero absolutamente incapaz. Y eso que dicen que gozo de buena memoria, pero…, se me olvidan los agravios personales con facilidad y de la misma manera las faenas largas, pesdadas y aburridas. Conservo, eso sí, en la retina todavía, muchos momentos que me emocionaron sinceramente, que me conmovieron el corazón o el intelecto; faenas de gracia creativa, de inteligencia torera, de técnica superior. Me acuerdo, por ejemplo, de la faena del Juli, y casi se la podría pintar; me acuerdo de esos lances de Leandro, sin recompensa orejofílica, pero no me pregunten mañana por lo de hoy. Así que se lo describiré por escrito para refrescar, en el futuro, mi paupérrima retentiva.

Se llamó el primero del Fandi Fogonero, un toro de 531 kilos, castaño, más delantero que tocado, que cumplió pero a menos en varas, y otro tanto hizo en la franela del granadino. Nada con el percal le vimos de verdadero interés, muchos lances es otra cosa, algunos perdiendo terreno para los medios para sujetar al bicho. Banderilleó a toro pasado, con un cuarteo hacia atrás, otro algo mejor sobre un pitón y un tercero al violín. Con la muleta , fuera y despegado hubo hasta cuatro series con constantes dudas y pasos atrás –a veces casi respingos- antes de que dejase algo más firme la planta y le salieran los pases más limpios por fin. Justo cuando el toro se vino abajo; un precioso agarre a los lomos bailando el vals de “A que no me coges”, y en la octava serie, por fin, loado sea el cielo, un derechazo bajando la mano y arrastrando bien del toro, de lo mejor, si no lo más del festejo. Un espadazo muy atravesado que hizo guardia por el costillar izquierdo y una entera con saltito dejaron al animal fuera de juego. Oreja en el sobrero del mismo hierro, de nombre Algarrobo, con 587 kilos, negro mulato, delantero y rarete de puntas, manso y embestidor. De nuevo, no le vimos nada reseñable con la capa; y muy poco con banderillas en cuatro pares algo achuchado a la salida de alguno, todos a toro pasado –a veces muy pasado, de lo que se pita a los peones- pero con su peculiar forma de encandilar a las gentes, brindis con los palos en la mano inclusos, cual si de rejoneador se tratase. Con la muleta optó desde el principio por el toreo para el público eventual, de solanera, con rodillazos, molinetes por doquier, agarres a los lomos, giros en la cara, palmetazos en las ancas y otras lindezas singulares de toreo accesorio y casi bufo. Menos mal que, como sucedió en la primera faena, le vimos un buen natural, tirando del toro, alargando el lance, bien baja la mano. Con el toro rajándose de aburrimiento cobró más de media espada atravesada que le valió para que el respetable le pidiera la orejita de marras. Se le fue un toro para torear.

A Castella le tocó un primero Malapinta de mote, con 501 en la báscula, capa jabonera oscura, muy escaso de trapío –no sé, bueno sí, cómo lo habrán pasado-, tocadito de cabeza y manso, complicado y brusco en la muleta. El toro salió con feo estilo, flojo y sin emplearse, anunciando lo que luego vendría. Tampoco hubo suerte con el percal en esta ocasión, y con el trapo rojo casi ninguna. Empezó doblándose a los medios, con muy poca firmeza de plantas ante un toro sin clase y revolviéndose, poca quietud y aprovechándole el viaje para sacárselo de en medio. No terminaba de cogerle el aire en la quinta tanda, colocado al hilo o más fuera, y muy desconfiado con la zurda. La faena era sucia, con algunos enganchones, sin calidad, ante un bicho brusco, que punteaba algo y no exhibía demasiado recorrido, abroncándose en los momentos finales por falta de dominio. Un pinchazo hondo, caído y atravesado, otro por arriba, uno bastante más bajo, otro hondo, trasero y tendido, y por fin, tras un aviso, remate al primer descabello. Silencio tras el gol. En el quinto, Cordobés de apodo, un toro de 553 kilos, castaño claro y delantero, manso, con genio y algo brusco, le vimos hasta nueve series –más muletazos sueltos-, dos avisos y poca calidad en casi todo lo realizado. Pero… ya lo hemos dicho; a la gente le gusta la cantidad. Sufrió un pequeño revolcón al dar unas tafalleras apreciables con la capa, por engancharle el toro con la pata sus pies, y otro tanto ocurrió en los comienzos del muleteo, tras un desarme en unos estatuarios sin sentido, recogiéndolo del suelo y casi propinándole una cornada. El toro era codicioso, quizá con poca clase, pero repetía, a veces con genio, a veces algo mirón. El diestro francés mostró valor y una pesadez a prueba de avisos; el primero llegó antes de coger la espada, para dar, todavía, una tanda más a izquierdas sin sentido y sucia. El segundo mientras dejaba un pinchazo sin pasar, una entera caída, tendida y trasera y antes de esperar una enormidad –debió sonar el tercero- a que doblara el bicho. Casi toda la faena estuvo colocado al hilo y dando medios muletazos, embarcando con la muleta retrasada y acabando con alardes encimistas, cuando lo que el bicho necesitaba era mano baja, sometimiento, mando y toreo profundo. El medio toreo… priva al parecer.

A Perera le ocurrió otro tanto; confunde cantidad con calidad, y eso que a su primero solo le dio siete u ocho series –en el sobeteo final, con el toro apagado, es difícil precisar el número de posibles series-. El bicho obedecía por Golfo, con 500 kilos justos en la báscula, colorado y ojo de perdiz, delantero, manso, tan soso como la faena, bajo de casta y yendo a menos en su flojedad. Se le coló de entrada, saliendo despedido el diestro hacia la barrera y llevándose un buen golpe en la pierna, así que nada con la capa. Llegado el último tercio, casi siempre al hilo o más fuera, todo a media altura, sin apreturas, muy suave y limpio –es cierto- pero diciendo menos que el mudo de Blancanieves, fueron ambos apagándose como se agota la llama de la vela consumida. Un arrimón con el toro moviéndose ya unos treinta centímetros, precedió a un pinchazo caído y una entera también por el mismo lugar. En el sexto le contamos diez tandas. La víctima pasaba por Arrumbador, un bicho negro mulato, delantero, de 592 kilos, corto y grueso, raro de pitones, manso y embestidor. Nada que apuntra -¡qué raro!- con el percal. Y en el final de la lidia un tanteo por alto a los medios, una colocación siempre fuera de la rectitud, y dos series ligando a base de retirar la pierna de entrada para atrás y ceder terreno al toro, algo jaleadas. Luego la gente se dio cuenta de la colocación del espada, fueron acallando sus aplausos, hubo un desarme, se calló la música –luego reemprendería su inagotable labor entre pitos-, agarres al lomo, palmetazos en las ancas, circulares y muchísimos pases que dijeron poco o nada. Lo tumbó, al fin, Dios mío, de una entera baja y trasera mientras llegaba el aviso y un descabello. Yo ovacioné el descabello al primer intento, ¡menos mal!

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Comentarios de los lectores

1 comentarios en esta noticia
1 David Valderrama Gutierrez
2010-07-30 12:36:55
Vaya tarde plumbea...gran crónica de Rafael y enhorabuena por tu web amigo Claudio, la cual acabo de descubrir. Un saludo.
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