
[28-06-2010]
Jorge Santayana, nació en Madrid en 16 de diciembre de 1863 y murió en Roma un 26 de septiembre de 1952. A pesar de su origen hispano, Jorge se crió en los Estados Unidos y publicó en inglés toda su obra, de la que destaca sin duda, “La vida de la razón o fases del progreso humano”. En este trabajo de cinco libros, el más conocido es el que se titula “la razón en el sentido común” en donde acuñó una frase lapidaria llena de contenido...”aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”... Sin ninguna duda “George Santayana” como sería conocido a lo largo de toda su vida, puso el peldaño de una escalera que teníamos que haber utilizado para ver las cosas desde más arriba...
Viene a cuento este inicio, porque lo que creíamos superado, olvidado y perdonado, revive, renace y reverdece. Si ya no hay “brotes verdes” en la economía, habrá que darle al pueblo otro argumento para que lo tengamos ocupado. No sea que le de por pensar y duremos menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
Se quitan los crucifijos de las escuelas, se prohíben los honores militares de toda la vida, se pone a una “choni” en lo más alto de la programación de las tardes y ya tenemos al país anestesiado. Por cierto, la mal llamada “princesa del pueblo” como único argumento de su participación en las tertulias exhibe el haber parido una criatura (lo siento, pero es más fea que Picio) fruto de una relación esporádica con un torero.
Pero, mire usted por donde, surge un juez que (por cierto ¿por dónde anda ahora?) emprende una tarea de cavar zanjas a todo lo largo y ancho del país, buscando esqueletos. Pero, ¡ojo!, solo de un bando. Que los del otro no tienen ningún derecho.
Mientras tanto, argumentando que las piedras del Valle de los Caídos tienen una enfermedad incurable (si, claro, la del odio) están desmontando el monumento. Hasta que, un (mal) día cualquiera nos encontremos con que ha desaparecido. Pero ¿que quieres?, hay que cargarse la historia. Solo la de un lado, claro, no la del otro.
Y como la estupidez humana no tiene límites, ahora les da por volver a intentar cambiar el nombre de las calles. Y ahí tenemos un pequeño problema.
Tengo un amigo que tiene un negocio en una calle que se llama “García Morato” y que, lógicamente figura en toda su correspondencia: Cartas, tarjetas, sobres, página Web, etc. Y además en todas las placas de identificación de los aparatos que fabrica y que tienen que llevar no se que sello del Ministerio. Pues bien, este amigo me planteaba la cuestión siguiente: Si se cambia el nombre de la calle ¿cuánto tiempo dan de plazo para llevarla a cabo?.
Y lo peor no es eso. ¿Quién se hace cargo de los costes que supone el cambio de papelería, correspondencia, placas, homologaciones, actas notariales, etc etc?. Porque según este honrado comerciante, alguien habrá previsto eso ¿no?.
No hace mucho, un conocido mio tuvo que participar en una reunión municipal que se había convocado para buscar nombres con los que identificar las calles de una urbanización de reciente construcción. Salieron a relucir, evidentemente, cabos, ríos, islas, pájaros, científicos, premios Nobel, etc, hasta que un grupito de “alternativos” propuso un catálogo de nombres como “sonrisa vertical”, “beso negro”, “punto G”, “felación”, etc. Hasta que alguien, con bastante sentido común le hizo dos preguntas al que hacía de portavoz. La primera era: ¿has bebido antes de venir aquí? Y la segunda ¿tu vivirías en una calle que se llamara “del beso negro”?...no digas más chorradas y vete a dormir la mona, gilipollas. El portavoz dijo no se que del derecho de expresión y el presidente, utilizando ese mismo derecho, le mandó a la mierda. Simple y llanamente. Eso si, con muchísimo respeto.