Opinión


14/09/26

Javier Domenech

  1. Ya llega el lobo feroz

    La noticia, aunque esperada, ha mostrado un dato sorprendente. En las últimas elecciones alemanas, los partidarios  ultraderechistas, no solo han conseguido el 46 % de los votos, sino que, además ha votado el 80 % del censo, lo que en la práctica significa que todo el mundo ha acudido a las urnas. Una movilización masiva, capaz de movilizar a la totalidad del electorado, porque algo preocupa con gran intensidad a los alemanes.

    Pero el triunfo electoral de la  extrema derecha, tiene lecturas muy diferentes en Alemania y España. Aquí lo relacionamos con el retorno a la postguerra que siguió a la guerra civil y al régimen de Franco. Pero en Alemania, casi la mitad de las personas que viven en Sajonia, han decidido votar a sus representantes sin que nadie los relacione con Hitler, el exterminio de judíos o la preparación hacia la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que las consecuencias de tal régimen fueron devastadoras para su país. Los electores de Sajonia, se han preocupado más por la llegada masiva de inmigrantes ajenos a su cultura, la progresiva pérdida de su identidad nacional y por la inmensa burocracia de una Unión Europea a la que juzgan principal responsable de los males económicos. Mientras ésta crece, los ciudadanos  ven cómo sus industrias desaparecen sustituidas por la fabricación en países donde no rigen las normas comunitarias, cómo sus ciudades se convierten en espacios dominados por la población inmigrante donde crecen los actuales terroristas  y cómo  su pago de impuestos se traduce en  generosas aportaciones y concesiones a los recién llegados, quienes son igualados en los derechos pero no en las obligaciones.

    Esta realidad coincide con los resultados electorales que ya han tenido lugar en otros países: en Austria, en Holanda y en Italia, donde, por cierto, no ha ocurrido ninguna calamidad. Y actualmente sus representantes ocupan el segundo lugar en Suecia, Francia Chequia, Finlandia, Hungría y Polonia. En todos ellos se  evidencia que gran parte de su población se muestra hostil a la actual Unión Europea, la gigantesca burocracia que la rodea, su proliferación regulativa, su política energética errática, el inmenso costo exigido para su mantenimiento o la cantidad de dinero dedicado a programas que se perciben como inútiles.

    En el caso español, empresarios y agricultores se han quejado reiteradamente de una política comunitaria llena de acotaciones y acuerdos con otros países, que no se aplican a los productos elaborados fuera de la Unión Europea, desde el sector agrario, al pesquero, el textil o el automovilístico. Es evidente que la inmigración contribuye a aportar mano de obra y constituye un importante recurso económico, pero lo que preocupa es la llegada masiva de inmigración en patera por contingentes humanos que no aportan nada y si generan nuevos gastos sociales e inseguridad. Lo ocurrido en Ceuta ha resultado significativo. Siendo el  país que acoge a todo menor de edad no acompañado, somos incapaces de devolverlos a Marruecos, esperando reunirlos en centro sobresaturados dispersos por una geografía nacional que les es completamente extraña y se levantan asentamientos para cobijar a los miles que traspasaron ilegalmente la frontera, mientras se mantiene una incomprensible política de amistad con el país que los envió.

    Mientras esto ocurre, los sondeos preelectorales y los resultados de las urnas, evidencian el progresivo ascenso de los partidarios a abordar con firmeza una nueva política inmigratoria y el deseo de conservar la esencia de sus raíces.  Quizás el mayor error de la Unión Europea haya sido su empeño en construir un continente con una nueva identidad supranacional, reemplazando a los éxitos conseguidos con los aspectos económicos, porque a la postre, lo que se ha conseguido es despertar los sentimientos nacionales, en un mundo amenazado por ingentes olas migratorias, sin que se nos ocurra ninguna solución, salvo su acogida respetando su identidades culturales y religiosas, las mismas que pretendemos disolver de nuestro pasado.

    Podemos dedicar todo nuestro tempo a condenar el crecimiento de los partidos políticos ultranacionalistas, aunque nos parezca normal la existencia del independentismo vasco, catalán o gallego. Podemos con entusiasmo, ensalzar las virtudes y sus logros de la Unión Europea, contemplándola como única solución para el futuro y pensando en que nuestros problemas se solucionan con la aportación continua de sus fondos. Podemos exigir que sigan dictándose nuevas leyes para que confortablemente dejemos de lado nuestras responsabilidades personales. Podemos incluso,  recrearnos en nuestros conflictos pasados, denunciando el peligro de la extrema derecha y olvidando la parte de responsabilidad que, también debiera asumir la extrema izquierda. Pero me temo que en vez de buscar soluciones, seguiremos discutiendo sobre galgos o podencos, denunciando llenos de miedo, la llegada del lobo feroz.